Niños, adolescentes y señales para prestar atención

La creciente ola de amenazas en diferentes escuelas del país expone una problemática más profunda: el deterioro de la salud mental adolescente, atravesado por el aislamiento, las redes sociales y la falta de contención.
Salud y Bienestar02/05/2026 Prof. Anabella Lucione
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Un alumno de 15 años mató a un compañero en la escuela N° 40 “Mariano Moreno”, en Esperanza, Santa Fe. Foto: Página 12.

En un mundo cada vez más conectado y exigente, la salud mental de los adolescentes se convirtió en una prioridad global. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), uno de cada siete jóvenes de entre 10 y 19 años padece algún trastorno, lo que representa el 15% de la carga mundial de morbimortalidad para este grupo etario. 

En países como Argentina, España y otros de la región, las cifras son alarmantes: más de la mitad de los jóvenes reportan problemas psicológicos en el último año, con picos de ansiedad, depresión y autolesiones. 

Este panorama se agrava con fenómenos como las amenazas de tiroteo en escuelas, que proliferaron en los últimos meses en distintas provincias argentinas y en otros países. Estas no son solo “bromas” o “chistes de mal gusto”: reflejan un malestar profundo y generan miedo colectivo. Pero, ¿qué pasa realmente por la cabeza de estos chicos? ¿Cómo podemos abordar estas situaciones sin estigmatizar ni criminalizar, pero protegiendo a todos? ¿Qué pasa por la cabeza de los adolescentes que hacen amenazas?

Los adolescentes no actúan en el vacío. Su cerebro está en pleno desarrollo: la corteza prefrontal (responsable de la planificación, el control de impulsos y la evaluación de riesgos) aún no está madura, mientras que el sistema límbico (emociones) funciona a pleno. Esto explica conductas impulsivas y de búsqueda extrema de atención. 

Estudios sobre perfiles de jóvenes que emiten amenazas (no necesariamente quienes cometen tiroteos) revelan patrones comunes.

Sentimiento de exclusión e invisibilidad: muchos se sienten marginados, rechazados o “invisibles” en la escuela, la familia o el grupo de pares. La amenaza se convierte en una forma desorganizada de expresar angustia, enojo o dolor psíquico, y de recuperar un sentido de poder o control. 

Búsqueda de reconocimiento y validación: En la era de las redes sociales, el anonimato o el “pseudoanonimato” da una sensación de poder instantáneo. Publicar una amenaza genera likes, comentarios y “efecto contagio”, amplificando el comportamiento sin una percepción clara de las consecuencias reales. 

Historia de trauma o bullying: Más del 43% de los jóvenes referidos por amenazas han sufrido acoso escolar. Muchos tienen antecedentes de abuso verbal, físico o familiar, eventos traumáticos y trastornos como TDAH, depresión, ansiedad, trastornos del espectro autista o problemas de aprendizaje (a menudo combinados). 

Grievances acumuladas: Venganza por rechazo, fracaso percibido (amoroso, académico o social), aislamiento o desesperación. No siempre hay intención real de violencia; muchas veces es un acting-out (expresión de malestar) o un grito de ayuda. 

En resumen, detrás de la amenaza suele haber un adolescente que sufre, no solo un “potencial violento”. La mayoría no llega a concretar nada, pero ignorarlo puede escalar el riesgo o dejar sin atención a quien lo necesita. 

Factores que agravan el problema. Redes sociales y efecto contagio; falta de contención adulta por padres sobrecargados, escuelas tensionadas y una sociedad violenta. El acceso limitado a la salud mental conspira. Más del 50% de los trastornos en niños y adolescentes no se diagnostican ni tratan a tiempo. 

¿Cómo se abordan estas situaciones? Con prevención e intervención efectiva. En las escuelas (rol institucional clave) deberían habilitar espacios de diálogo seguro con estudiantes, docentes y familias.

Explorar qué significan las amenazas para ellos, sin minimizarlas (“no es un chiste, es un delito y una forma de violencia”).  

Implementar protocolos de evaluación de amenazas conductuales (no solo punitivos, sino con enfoque en salud mental).  Articular con salud, fuerzas de seguridad y municipios para contención inmediata.

En la familia, hablar abiertamente. Preguntar cómo se sienten, validar emociones y escuchar sin interrumpir. Monitorear redes sociales sin invadir. Y siempre que sea necesario, acudir a un profesional.

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