Carlos Urbisaia viste de tradición la Rural de Palermo con el sueño cumplido de un nuevo triunfo

Por cuarto año consecutivo, el soguero y tradicionalista de Cañuelas se alzó con las máximas distinciones en el Concurso Nacional de Aperos en Palermo, entre ellas el Premio John Walter Maguire al mejor recado de la muestra. Una historia de pasión criolla, legado familiar y prolijidad en cada detalle.
Protagonistas cañuelenses29/07/2026Leandro BarniLeandro Barni
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Carlos Urbisaia durante la Jura de Recados en la pista central de La Rural de Palermo, donde obtuvo el máximo galardón de la muestra.

En esta edición 2026, Urbisaia expuso sus piezas artesanales y obtuvo el título de Campeón en la categoría de Pasadores Cortos de Mataderos. A este logro sumó el Premio Ramón Santamarina, un galardón especial dentro del Concurso Nacional de Aperos de Uso Tradicional que se define tras una evaluación exclusiva entre los ganadores de las distintas categorías de pasadores.

Como broche de oro, el representante de Cañuelas se consagró con el Premio John Walter Maguire al mejor recado de toda la muestra, una distinción a la excelencia integral en la conservación y recreación histórica de las costumbres criollas. Además, se le volvió a otorgar el premio especial Eleodoro Marenco, que distingue al gaucho más auténtico y representativo del certamen.

El valor del trabajo en equipo

Tras recibir el premio mayor de la Sociedad Rural Argentina, Carlos define este reconocimiento como una enorme satisfacción y un gran orgullo, remarcando que es la recompensa al esfuerzo, la constancia, el empeño y los detalles que exige cuidar a un animal para presentarlo en el estado adecuado. En ese proceso, destaca que cada integrante de su familia es totalmente responsable de que el logro sea posible.

Explicó que la mayoría de las piezas que presenta son originales de la época que representa, alrededor de 1900. La preparación requiere un día entero de dos personas para lustrar, reacondicionar y empacar todo como corresponde, sumado a una tercera dedicada a la vestimenta. Además, viajan con equipamiento doble para casi todo ya que, al tratarse de elementos tan antiguos, siempre existe el riesgo de rotura.

El compromiso de su núcleo familiar resulta indispensable para alcanzar estos resultados. Esa dedicación quedó reflejada cuando su hija Alfonsina, al cumplir catorce años el 18 de julio, propuso postergar su festejo para esperar a su hermano Tomás y dedicarse juntos a limpiar las piezas. Tomás viaja desde Capital para ocuparse de la camioneta, el tráiler, las mantas y la comida del caballo. Su hija mayor, Carola, actúa como comodín en lo que haga falta, mientras que su esposa supervisa cada detalle, ordena la ropa y carga todo con precisión para que no falte nada.

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Premios y distinciones ante las piezas artesanales y aperos de época (circa 1900) presentados por Urbisaia exigieron un minucioso trabajo de restauración y acondicionamiento


Raíces y pasión desde la cuna

La pasión de Carlos por lo criollo es una herencia que lleva a flor de piel desde muy chico. Creció queriendo copiar a los mayores y tomando como referentes a su abuelo, a su padre y a Orlando Felipe Gargiuolo, a quien todos admiraban por su forma de trabajar con los caballos. De ellos aprendió que, más allá de saber tusar, herrar y arreglar un animal, el mayor orgullo de un gaucho al presentarse ante el público es tener su caballo en óptimas condiciones.

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Un logro compartido: Urbisaia junto a su mujer Natalia, su hijos Tomás, Carola y Alfonsina,  pilares fundamentales en la preparación y logística previa al certamen.

Alcanzar la cima en la Exposición Rural representa el punto más alto y la mayor aspiración para un paisano en este tipo de competencias. Cuando era chico y veía a su abuelo y a su padre ensillar para las fiestas patrias, la pista de Palermo le parecía algo inalcanzable. Haber hecho realidad ese anhelo le genera emociones difíciles de explicar, acompañadas por la enorme satisfacción de dejar a su pueblo en lo más alto.

Sin pretender dar consejos, Carlos comparte una reflexión sobre las costumbres heredadas de nuestros ancestros y asegura que nunca sabemos hasta dónde podemos llegar. Remarca que el camino se recorre mirando, preguntando, aprendiendo e interesándose todos los días por algo nuevo, siempre de la mano de la prolijidad y la perseverancia. Cuando uno camina con pasión y se nutre de aprendizajes, en el momento más inesperado se llega al escalón más alto sin darse cuenta.

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