Los guardianes de la tijera: Atilio Ponce y Alberto Endara, los dos peluqueros más antiguos de Cañuelas, cuentan cómo cambió el oficio

Tienen más de 70 años y llevan más de medio siglo cada uno cortando el pelo en el pueblo. De la tijera manual y la navaja a las máquinas modernas; del tango y el folklore al choque con las nuevas barberías. Postales de dos confesionarios de barrio donde el tiempo parece haberse detenido.
Protagonistas cañuelenses26/08/2026Leandro BarniLeandro Barni
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Con 77 y 78 años de edad, respectivamente, Atilio Ponce y Alberto "Beto" Endara mantienen vivo el oficio de peluquero clásico en Cañuelas, sumando entre ambos más de un siglo de experiencia detrás del sillón.

Entrar a sus locales es cruzar una frontera temporal. Mientras afuera el pueblo creció, se llenó de edificios, asfalto nuevo, luces led y barberías de neón con música al palo y chicos rapándose los costados a pura máquina eléctrica, adentro de los salones de Atilio Ponce y de Alberto “Beto” Endara la física responde a otra época. La época de la tijera fina, la navaja afilada al tacto, el talco,  las charlas sobre el fútbol de antes y el sillón de hierro masivo que vio pasar a tres generaciones de vecinos.

En Cañuelas, hablar del oficio de peluquero es hablar de ellos. Tienen 77 y 78 años, y superaron holgadamente la barrera de las cinco décadas parados de pie frente al espejo. Este 25 de agosto, cuando se celebre el Día del Peluquero en la Argentina, no habrá para ellos fiesta multitudinaria en la parrilla como las que organizaba el recordado "Fiñolito" junto a los colegas viejos que ya se fueron; habrá, apenas, la satisfacción del trabajo hecho y la persiana que se levanta temprano, como cada mañana desde la década del 70.

Atilio: entre el ritmo tropical y la física del cabello

El salón de Atilio sobre la calle San Martín se anuncia entre cortinas marrones y un aire caribeño inconfundible. Hay pósters de palmeras, plantas artificiales, muebles de otras décadas y un televisor encendido en un canal de noticias que compite suavemente con el ritmo tropical de una FM local.

—Arranqué a principios del 71, en la calle 25 de Mayo —cuenta Atilio a sus 77 años, ajustando la postura para gambetearle al dolor de espalda—. Tenía 18 años y recién salía del servicio militar. Me convencí, junté las herramientas y abrí. No me acuerdo si el primer cliente entró a los dos o a los tres días, pero abrí. Y de eso pasaron más de 50 años.

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Atilio posa en su salón de la esquina de San Martín e Independencia. 

En aquel primer local de la 25 de Mayo hoy se levanta un edificio en construcción. La fisonomía del pueblo cambió, pero la rutina de Atilio sigue intacta. En los 80, cuando ya combinaba su oficio con la pasión por la música, armó el grupo tropical Ceniza. Hacía bailar a la zona de noche y de día volvía al silbido metálico de la tijera.

—Antes el peluquero era el ‘Fígaro’, después pasamos a ser estilistas y hoy los chicos son ‘barberos’ —reflexiona Atilio con una mueca seria—. Cambian las modas. En los 70 te pedían el corte melena hasta los hombros, hecho a navaja. Hoy los pibes se rapan. Pero hay una diferencia: los barberos jóvenes usan solo máquina, no saben tocar la tijera. La gente grande, el que quiere el corte clásico, sigue viniendo con nosotros.

En su memoria guarda dos fotos en blanco y negro sacadas por "Poquito" Morales, el recordado fotógrafo de la comisaría que tenía la óptica enfrente. En una se lo ve de muchacho barriendo la vereda mientras charla con el peluquero del local contiguo; en la otra, bajando el toldo mientras sonríe con una vecina. "Ahí todavía tenía pelo", bromea.

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Entre plantas colgantes, espejos gastados y charlas sobre fútbol, Atilio defiende la peluquería de barrio frente al boom de las barberías modernas, demostrando que la técnica artesanal sigue vigente.


Beto Endara: la reliquia del sillón Salerno y la memoria del pueblo

A pocas cuadras, en la calle Ameghino entre Libertad y Rivadavia, funciona el territorio de Alberto "Beto" Endara (78). El ambiente de Beto tiene la calidez del hogar desprolijo y querido: sillas plásticas para los que esperan, un aparador de pino, un almanaque de una veterinaria del barrio, el diario Popular sobre un asiento y un póster desplegable de River Campeón de 1975 que resiste en la pared junto a los retratos de sus nietos a caballo o jugando al básquet.

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Beto mantiene su propia identidad y el recuerdo de su histórico sillón Salerno.

—Yo le compré la peluquería a mi amigo el Tano Gagioli allá por el 74, sobre la calle Libertad —recuerda Beto mientras le acomoda el peinador a un cliente  oriundo de Formosa habitué—. De aquella época lo único que me queda es este sillón de acá. Fijate abajo, ¿qué dice? 'Salerno'. Creo que marca nacional, hierro puro. Tenía dos, pero uno lo vendí porque ya estoy terminando la carrera y no quería tanta cantidad.

Beto arrancó en el oficio a los 22 años, tras volver del servicio militar en 1964. Trabajó 35 años sobre la concurrida calle Libertad —cuando la traza urbana aún conectaba directamente con la vieja Ruta 205— y desde hace unos años atiende en su local con ventanal a la calle Ameghino.

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Beto Endara no solo corta el pelo; escucha, bromea sobre fútbol y mantiene intacto el ritual de la conversación cara a cara.

—Esto es pura maña —dice señalándose las manos—. Pero ahora, con los añitos, la postura te pasa la factura. Las piernas, los dedos, la cadera... me la pegué dos veces ya. Pero acá seguimos.

Por el sillón Salerno de Beto pasaron miles de cabezas, incluyendo celebridades de paso por el pueblo. "Una vez vino a cortarse un muchacho que estaba de paso. Charlamos tranquilos y recién cuando terminó me me di cuenta de quién era: el 'Látigo' Coggi, antes de pelear por el título mundial", rememora con orgullo.


Confesionarios de barrio frente al paso del tiempo

Tanto Atilio como Beto coinciden en un diagnóstico que excede la cosmética y toca la psicología social: el peluquero de barrio es, antes que nada, un escuchador profesional.

—A veces sos un psicólogo —asegura Atilio—. La gente se sienta y te cuenta cosas que no le dice a la propia familia. Viene a descargarse. Vos te adaptás: si el cliente quiere hablar, conversás; si prefiere el silencio, lo respetás.

Beto coincide mientras intercambia chicanas futboleras con un vecino sobre el presente de Boca y la política nacional: "Acá vienen todos a charlar. Son todos amigos. A veces pasan muchachos grandes por la vereda, hombres ya hechos, y me saludan: '¡Beto! Vos me cortabas el pelo cuando me traía mi mamá de chiquito'. Uno no los reconoce de cuerpo porque pasaron 40 años, pero ellos se acuerdan siempre".

Con el dolor de espalda acumulado tras décadas de trabajo de pie, sin grandes marquesinas ni nombres de fantasía en la puerta —"si le ponés nombre tenés que pagar más impuestos", se sincera Beto entre risas—, los dos históricos peluqueros de Cañuelas mantienen encendido el fuego sagrado de un oficio artesanal.

En tiempos de inmediatez y modas efímeras, en las esquinas de San Martín y de la calle Ameghino el tiempo se mide a otro ritmo: el que marcan el sonido metálico de dos tijeras de acero y la calidez inalterable de una buena conversación.

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