
La apuesta cultural de un librero que llegó a Uribelarrea antes del boom turístico
Leandro Barni
En la historia de Uribelarrea hay una capa anterior al turismo, previa a la Autopista y al fin de semana de asado. En esa capa, más difusa, aparece Ricardo Báez, que llegó por una mancha en un mapa del Automóvil Club Argentino y se quedó con una intuición: que ese pueblo podía ser otra cosa. Tenía poco más de veinte años, era fines de los setenta, y todavía no era librero. El oficio vendría después, como una forma de ordenar el mundo y también de acumularlo.
Báez hoy tiene 69 años y una vida atravesada por los libros. Empezó a venderlos en Parque Rivadavia, con dos cajas, en 1988. Quince años más tarde fundó su local en Flores norte, sobre la avenida Boyacá, una librería de estantes altos y madera gastada llamada El Gaucho. Con el tiempo, ese espacio fue reconocido por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires como sitio de interés cultural. Entre esas paredes, el librero no solo vendió: leyó, clasificó, coleccionó. Especialmente historia porteña, como si el pasado fuera un catálogo posible.
El proyecto que hoy lo ocupa no es comercial. Es, en todo caso, una extensión de esa acumulación: unos 8.000 libros, un proyector de DVD, un piano vertical. “Esto se sabe cómo empieza y nunca cómo se desarrolla”, dice. La frase no suena a entusiasmo sino a experiencia. Durante años pensó en Uribelarrea como una escala en excursiones de miniturismo. No prosperó. Lo que sí prosperó fue otra cosa: el crecimiento de su biblioteca y una especie de deuda con ese pueblo que lo había sorprendido antes de que alguien hablara de polos gastronómicos.
La idea es sencilla y, al mismo tiempo, difícil: montar un centro cultural gratuito en Uribelarrea. Una biblioteca abierta, ciclos de cine, música en vivo. Un lugar que funcione viernes, sábado y domingo, sostenido en parte por voluntarios, amigos, lectores. Un anclaje, dice Báez, que también le permita habitar el pueblo algunos fines de semana. No hay programa político ni plan de negocios. Hay, sí, una lógica de circulación: libros que se prestan, que se devuelven, que a veces se regalan. “Si de 1.500 habitantes, 150 leen, ya es suficiente para que la rueda funcione”, calcula.

En ese cálculo hay una mezcla de optimismo y resignación. Báez sabe que la lectura compite con otras pantallas, que el libro dejó de ser central, que los proyectos culturales sin financiamiento suelen depender de voluntades frágiles. También sabe que ofrecer algo gratis no elimina la desconfianza. “La primera reacción es preguntarse por qué”, dice. La respuesta no es del todo altruista: el beneficio oculto —lo admite— es tener un lugar en el pueblo. Pero el gesto, aun así, no se agota ahí.
El problema, por ahora, es material. Báez necesita un inmueble en comodato: al menos dos ambientes para los libros y el piano, otros para alojar a quienes colaboren. Recorrió el pueblo, habló con vecinos, con referentes del turismo, con la parroquia. Encontró puertas cerradas o respuestas vagas. Sabe que el contexto no ayuda: el flujo de visitantes es irregular, el combustible encarece los viajes, el modelo gastronómico muestra fisuras. En ese paisaje, su propuesta aparece como algo lateral, incluso anacrónico.
Pero hay algo en esa insistencia que recuerda a sus comienzos: dos cajas de libros, un parque, una apuesta sin garantías. Quizás por eso no le preocupa demasiado el resultado. “Esto es lo que me sobra”, dice, como si el excedente —libros, tiempo, experiencia— necesitara un destino. Uribelarrea vuelve a aparecer entonces como en aquel mapa: una mancha que llama la atención, un lugar donde algo podría suceder.
No hay fecha de inicio ni certezas. Hubo volantes pegados, conversaciones inconclusas, una búsqueda que sigue. Báez dice que, si el proyecto no prospera, los libros igual encontrarán otro camino. Pero también deja entrever que, en ese pueblo que conoció antes de que cambiara, todavía hay una posibilidad pendiente. Como si la historia personal y la del lugar se hubieran cruzado una vez y ahora intentaran, con dificultad, volver a hacerlo.


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