
La experiencia de Candela Musse, la estudiante que vivió un intercambio escolar en un pequeño pueblo de Estados Unidos
Leandro Barni
Se adaptó a un pueblo sin rejas, a heladeras llenas de gaseosas, a un sistema educativo diferente y a vínculos que cruzan culturas. Hoy, de regreso en la Argentina, proyecta nuevos viajes y una carrera universitaria inspirada en lo que aprendió lejos de su lugar de origen.
Candela Musse siempre supo que quería hacerlo. De chica, cuando leía historias de estudiantes que pasaban un año en otro país, se imaginaba a sí misma atravesando esa experiencia. La oportunidad llegó a través de un flyer que anunciaba inscripciones abiertas para intercambios del Rotary Club. Fue a una reunión con sus padres, escuchó la propuesta y no dudó. Lo que no imaginaba era que, antes de armar la valija, había un año entero de preparación: formularios, entrevistas, prácticas, y la certeza de que estaría lejos de casa durante casi doce meses.

Cuando llegó el momento de elegir destino, anotó tres opciones: Estados Unidos, Canadá y Francia. Rotary asigna país según disponibilidad, pero la suerte estuvo de su lado: obtuvo su primera elección. El destino final, sin embargo, no lo podía definir. Así fue como la enviaron a Fergus Falls, un pueblo en el estado de Minnesota, más chico que Cañuelas. “Muy, muy lindo, de casas bajas, sin edificios. Todo era tranquilo”, recuerda.
En Fergus Falls, Candela vivió con tres familias anfitrionas, rotando cada tres o cuatro meses. Su primera casa la recibió un matrimonio mayor, Daniel y Brian. “Eran muy dulces, me ayudaban con todo lo que necesitaba. Sus hijos ya eran grandes, pero conocí a uno”, cuenta. Una de las primeras sorpresas fue abrir la heladera y encontrarla repleta de gaseosas. “Dos heladeras llenas de coca. En la Argentina no es tan común. Yo me volvía loca”, dice entre risas. También notó otra diferencia: la casa no tenía rejas ni portón, solo una alarma que sonaba cuando alguien abría la puerta.
El colegio fue otro mundo. Allí, el secundario —o “preparatoria”— funciona con cinco materias trimestrales y una fuerte presencia de deportes. “Es como una facultad por la forma de cursar. Me gustó más que en Argentina”, admite. Su primer día no fue fácil: inglés básico, pasillos desconocidos y un edificio de dos pisos en el que se perdió buscando el comedor. “Terminé siguiendo a la multitud para el almuerzo, como en las películas, con bandeja y todo.”

Fuera del aula, la vida social era distinta. No había grandes fiestas adolescentes, y muchos de sus amigos trabajaban desde los 15 años, lo que limitaba los encuentros. “A veces me aburría, pero encontrábamos momentos para ir de compras o salir a comer. Allá pueden manejar desde los 16, eso les da mucha independencia”, dice.
Partir no estuvo exento de miedos. La noche en el aeropuerto, mientras su papá le explicaba los pasos para tomar el vuelo, sintió el golpe de realidad. Lloró. Viajó acompañada por otros tres intercambistas, pero las escalas los separaron. Llegar sola, con un inglés básico, a una casa desconocida fue el primer gran desafío.

En Minnesota también encontró diversidad. Conoció a dos estudiantes mexicanos y vio cómo la comunidad latina crece en la zona. La economía del pueblo combinaba agricultura y empleos calificados. “Mi mamá anfitriona de la última familia era abogada; mi papá anfitrión trabajaba en ventas. El de la primera familia, en una empresa tecnológica. Había buenas oportunidades laborales”, cuenta.
Diez meses después, Candela volvió a la Argentina con una certeza: quiere seguir viajando. Ahora, en el último año de secundario del Santa María, sueña con un intercambio universitario y con estudiar Ciencias del Comportamiento, una carrera que combina sociología y psicología. La experiencia en Fergus Falls, asegura, fue “un 10 de 10”. Un año que comenzó con lágrimas en Ezeiza y terminó con la convicción de que cruzar fronteras es también una forma de crecer.


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