Maximopaceño ganó un concurso literario organizado por el club Argentinos Juniors

Sociales 11 de mayo de 2020 Por El Ciudadano cañuelense
‘El partido que atajó a la Historia’, es el título del breve texto con el que un vecino de Cañuelas se alzó con la distinción en un certamen donde hubo más de 50 participantes.
diego desirello
Diego Desirello y su hijo Santiago con la camiseta del partido entre Argentinos y Cañuelas por la Copa Argentina.

Semanas atrás el vecino de Máximo Paz Diego Desirello logró el primer lugar del concurso literario ‘Y el bicho contó un cuento’, organizado por el mítico club Argentinos Juniors del barrio de La Paternal de la Ciudad de Buenos Aires.   
El Departamento de Cultura de la institución deportiva dispuso que las condiciones para participar eran ser mayor de 16 años, ser socio del club, que el texto sea breve y que la temática del mismo esté vinculada al club capitalino. 
En una carilla y media de Word Diego, de 51 años, inspiró su historia en el trascendental encuentro del torneo Metropolitano del año 1981 entre Argentinos Juniors y San Lorenzo de Almagro cuando ambos equipos pugnaban para mantenerse en Primera División. ‘El Cuervo’ estaba un punto por arriba de ‘El Bicho’ que estaba obligado a ganar para no descender. Los de La Paternal golpearon primero al lograr una ventaja mínima y el conjunto de Boedo malogró un penal para alcanzar el empate. De está forma Argentinos sostuvo la categoría y San Lorenzo fue el primer club de los denominados ‘grandes’ de la historia del fútbol argentino en descender.    
En diálogo con El Ciudadano Desirello rememoró: “tenía cuatro años y mi padrino me regaló una camiseta de Argentinos, mi papá era de Boca y de Argentinos porque en aquel momento ‘El Bicho’ estaba en la B. Luego Argentinos ascendió y mi papá hizo a mi hermano mayor de Boca y a mí de Argentinos. De las cosas menos importante de la vida Argentinos y el fútbol son la más importante”.
Hace cinco años que Diego se radicó definitivamente en Máximo Paz, pero el lazo con el pueblo maximopaceño se remonta desde fines de la década del ‘60 en los viajes al campo de fin de semana que su abuelo tenía en la localidad. Su hijo Santiago juega en las inferiores de fútbol –2008– de Cañuelas y por ello también se volvió ‘Tambero’. 
“Me gusta escribir de manera amateur y con poca frecuencia. No definía bien sobre qué escribir y un día de la cuarentena con los chicos usando las redes veo una frase que me resultó inspiradora, decía: ‘con que no vas a poder, si yo he visto flores romper asfaltos’. Automáticamente esa frase me transportó a ese día en donde con 13 años era conciente de que era imposible ganarle a San Lorenzo; o sea que un equipo chico perjudicado por los árbitros le gane a un grande. Hasta ese momento nunca un grande había descendido, hoy es más normal. Ahí se disparó el cuento e inventé un personaje que condensa lo que yo sentí en ese partido”, describió el socio vitalicio del ‘Bicho’ y continuó: “cuando Diego –Maradona– se va a Boca en el 81 y sale campeón, Argentinos se salva del descenso por un punto. En la última fecha le toca jugar contra San Lorenzo que estaba un punto arriba nuestro y el cuento es una metáfora sobre ese partido, no se menciona de forma directa pero es un recuerdo de ese día”.
“Era un partido imposible porque nunca un grande había descendido y si Argentinos ganaba lo mandaba a San Lorenzo al descenso, el empate favorecía a ‘El Cuervo’. Sin embargo Argentinos gana 1 a 0 y se salva. ‘El partido que atajó a la Historia’ hace referencia al penal que falló San Lorenzo en ese partido clave. Era algo improbable y pasó, luego descendería Racing, River e Independiente”.
Diego ganó una camiseta oficial del club que se le entregará en una premiación luego de la finalización del período de cuarentena. “No tenía pretensión de ganar solo quería expresarme, pero agradezco al Departamento de Cultura de Argentinos Juniors que fueron los organizadores”. 

Marcelo Romero
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El partido que atajó a la Historia

Yo he visto flores romper asfaltos había leído alguna vez por ahí Fabián, el pibe más bohemio de todos los que se juntaban en esa esquina del barrio. La frase le había quedado grabada en su memoria y en esos días inolvidables su corazón se la recordó. Nunca había sabido por qué le había calado tanto, pero ahora sintió que lo entendía. Señores... yo he visto flores romper asfaltos repetía como un mantra a los amigos, sentado en el cordón buscando en el cielo celeste de Paternal alguna nube cómplice que le devolviera su ilusión, que le reforzara su certeza. Los pocos que le prestaban atención se reían de él. La mayoría directamente lo ignoraba, concentrados como estaban en buscar la inspiración para inventar nuevas rimas con melodías del momento, intentando convencer a los muchachos más grandes de la barra para cantarlas ese domingo en la cancha. Lograr eso sería prenderse en la solapa una medalla de honor como las que le dan a esos héroes de las películas en blanco y negro.

 Pero Fabián no se desanimaba. Aunque eran sus amigos no necesitaba que lo entendieran, ni siquiera que lo escucharan. Insistía con la frase como ayudando al universo para que el viejo y querido Argentinos Juniors ganara ese partido imposible. Ese domingo su padre no podía ir a la cancha y él, con 13 años, aún no lograba pasaporte para hacerlo solo. Lo había conseguido en un par de ocasiones, pero para partidos más tranquilos, de menor convocatoria. Previendo su imploración, su papá fue claro: ese día no iba a poder estar en los tablones de la vieja cancha de Ferro desafiando al destino, que, a juzgar por las estadísticas, no parecía saber de flores vencedoras de hormigón.

 Han pasado casi cuarenta años y todavía me parece verlo a Fabián. Hasta creo que puedo oírlo gritar desencajado con la radio pegada al oído ¡lo atajó! ¡lo atajó! instantes después de que el uruguayo le parara el penal, con rebote incluído, al nueve de ellos; abriendo con su cuerpo y sus piernas las aguas de un nuevo Mar Rojo, esta vez en el césped del rectángulo verde de Caballito. Cuando llegó el turno del penal a favor del Bicho la Pintier salió como un balazo, golpeando la red del arco de la tribuna visitante, desatando la fiesta de la gente de Paternal. Sin embargo Fabián solo apretó fuerte el puño, lo levantó al cielo y gritó el gol extrañamente contenido, como ahorrando energías para todo lo que aún faltaba.

 Aquel que sea futbolero sabrá que nunca se sufre más que cuando se va ganando. Y ese día, ir arriba en el marcador era hacerle un tajo profundo a los libros de Historia. Por eso los últimos cuarenta y cinco minutos fueron siglos, temiendo en cada centro, en cada avance del rival. La energía había que resguardarla, aunque el corazón pudiera estallar en mil pedazos junto a cada elevación de tono del relator durante jugadas amenazantes.

 Nunca le reprochó Fabián a su papá no haberlo dejado ir ese día a la cancha. Creo que fue porque lo quería demasiado y, quizás, porque su instinto de adivinador de cosas buenas le abrió otra ventana a lo que vendría poco después: los mejores años. Títulos gloriosos, viajes increíbles, jugando contra los mejores del mundo. Y todo eso sí lo pudo compartir desde cada tribuna o frente a una radio o una TV con su viejo, con mil abrazos interminables e irrepetibles.

 Qué habrá sido de los pibes de esa esquina, ya no supo. Pero su frase, esa que le permitió soñar, no la olvidó nunca. Si al fin y al cabo gracias a ella se pudo atajar y desviar al vendaval de la Historia. Nunca te olvides de esas flores, le dice por estos días Fabián a su hijo cada vez que van a la cancha a ver al Bicho, mientras de costado mira al cielo en saludo a las nubes, con sus queridos e inolvidables habitantes.