
Murió Miguel Ávila, el librero y actor de alma colonial que eligió Cañuelas como refugio
Leandro Barni
Hay vidas signadas por la misión de salvar memorias. Miguel Ángel Ávila —nacido en Córdoba en 1945 y fallecido el 27 de agosto pasado— pertenecía a esa estirpe. Fue actor, director teatral, presidente de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (CONABIP), gestor cultural e incansable «creador de lectores». Pero, sobre todo, fue el hombre que rescató de las garras de la especulación a la esquina de Adolfo Alsina y Bolívar: la Librería de Ávila (antigua Librería del Colegio), espacio cuyos orígenes se remontan a 1785 y que el ensayista español Jorge Carrión señaló como la librería en actividad más antigua del planeta.
Sin embargo, tras sus largas jornadas entre primeras ediciones de Borges o charlas con Bioy Casares y Arturo Jauretche, Miguel siempre emprendía el regreso a su auténtico remanso de paz: el barrio Peluffo, en Cañuelas. Allí, junto a su esposa Matilde, hizo levantar una residencia de estilo colonial proyectada por el arquitecto Carlos Moreno muy vinculado a nuestro pago, creando un lazo indeleble con nuestro distrito.
Del teatro a la esquina de la Patria
Hijo de una empleada doméstica, llegó a Buenos Aires a los 9 años y a los 12 comenzó a trabajar entre libros. “El libro me salvó la vida cuando mi infancia fue sin familia. Me rescató y me dio lo que soy”, solía recordar quien fuera distinguido como Personalidad Destacada de la Cultura por la Legislatura porteña.
A comienzos de los años 90, al enterarse de que una gran multinacional gastronómica planeaba instalarse en el predio colonial de Monserrat donde Belgrano y Castelli compraban textos de la Ilustración, Ávila tejió una audaz estrategia con el Arzobispado porteño. Recuperó el edificio, lo reabrió en 1994 y lo convirtió en Sitio Histórico Nacional.
En paralelo, desarrolló una carrera actoral desde los años 70 (Made in Lanús, El conventillo de la Paloma, Pablo y Olinda) y como director cinematográfico y teatral. Afiliado a la Asociación Argentina de Actores, llevó el teatro a cárceles y ámbitos populares convencido del poder transformador del arte.
Perfil bajo y pasión de vecino
A pesar de los cientos de turistas que recorren a diario su salón y subsuelo, Miguel prefería la trastienda. “Estoy detrás”, decía con humildad desde su pequeño escritorio rodeado de carpetas y viejas herramientas de encuadernación.
Al caer la tarde, ese mismo hombre dejaba el bullicio porteño para refugiarse en la tranquilidad de Peluffo. Cañuelas despide a un vecino ilustre, un artesano de la cultura que convirtió la defensa de los libros y del teatro en una conmovedora forma de vida.


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