
Cañuelas apuesta al “diamante negro”: el proyecto que busca convertir a la región en un polo de truficultura
Leandro BarniLa trufa
La

No es caviar, ni foie gras, ni champagne francés. El producto que hoy despierta el interés de la alta gastronomía mundial es una joya oscura, subterránea y escasa: la trufa negra. Conocida como el “diamante negro de la gastronomía”, la Tuber melanosporum crece bajo tierra asociada a las raíces de robles y encinas, requiere una cosecha artesanal y alcanza valores que pueden superar los 4.000 dólares por kilogramo en campañas de baja oferta.
Lo que hasta hace pocos años parecía una producción reservada para regiones de Francia, España o Italia, comienza a encontrar espacio en Argentina. Y uno de los lugares donde esa actividad empieza a tomar forma es Cañuelas, más precisamente en Gobernador Udaondo, donde la empresa Fortín Quieto desarrolla un proyecto que busca posicionar a la región dentro de un mercado global caracterizado por la escasez de oferta y el alto valor agregado.
La iniciativa se desarrolla en la estancia La Florida y forma parte de una estrategia productiva que combina inversión, tecnología, conocimiento especializado y una visión de largo plazo. Allí ya se implantaron las primeras hectáreas de robles y encinas micorrizados, es decir, inoculados con el hongo que dará origen a las futuras trufas.
Fortín Quieto no es un actor nuevo en el sector agropecuario. La firma, encabezada por Julio Gutiérrez, maneja más de 10.000 cabezas Angus y Limangus en distintos establecimientos bonaerenses y tiene una larga trayectoria vinculada a la producción ganadera. Sin embargo, hace varios años decidió diversificar su actividad e ingresar en un negocio prácticamente inexistente en el país.
El proyecto contempla una escala poco habitual para la truficultura argentina. La meta es alcanzar 100 hectáreas implantadas entre Lincoln y Cañuelas durante los próximos cinco años, con aproximadamente 45.000 robles y encinas. La primera etapa comenzó con 10 hectáreas y el plan prevé incorporar alrededor de 20 hectáreas por año hasta completar la superficie proyectada.
Dentro de ese esquema, Gobernador Udaondo ocupa un lugar estratégico. Actualmente cuenta con cinco hectáreas implantadas, otras cinco en proceso de incorporación y un programa de expansión que apunta a alcanzar las 20 hectáreas en el corto plazo. Para la empresa, las características de la zona permiten pensar en un desarrollo sostenido de la actividad.

Los estudios previos realizados durante más de dos años analizaron variables climáticas, calidad de agua y condiciones de suelo. Los resultados mostraron que Cañuelas posee atributos interesantes para este tipo de producción. El clima templado-frío, la disponibilidad hídrica y la aptitud de los suelos aparecen entre los factores que respaldan la elección del lugar.
La truficultura exige una lógica muy distinta a la de los sistemas agropecuarios tradicionales. La producción comienza con árboles jóvenes cuyas raíces son inoculadas con el hongo en viveros especializados. Posteriormente se implantan en el campo y atraviesan un largo período de desarrollo antes de generar rendimientos económicamente relevantes.
Se trata de una actividad intensiva en conocimiento. El manejo incluye preparación y corrección de suelos, sistemas de riego complementario, fertilización, control sanitario, monitoreo permanente de la micorrización y seguimiento técnico especializado. Cada etapa resulta determinante para alcanzar el objetivo final: la formación de trufas de calidad comercial.

La paciencia es un requisito indispensable. Las primeras producciones suelen aparecer recién a partir del sexto año y la etapa de mayor productividad comienza cerca del décimo. Sin embargo, una vez consolidado, el sistema puede mantenerse en producción durante casi dos décadas.
A nivel global, la actividad atraviesa una etapa de expansión. Nuevos polos productivos avanzan en países como Australia, Chile, Nueva Zelanda y Estados Unidos, mientras la oferta mundial continúa siendo limitada. Actualmente la producción global ronda apenas las 150 toneladas anuales, una cifra muy reducida frente a la demanda creciente de la gastronomía premium.
En ese escenario, Argentina presenta una ventaja competitiva relevante: la contraestación. Mientras Europa atraviesa períodos de baja disponibilidad, las trufas producidas en el hemisferio sur pueden ingresar al mercado fresco en momentos estratégicos. Por ese motivo, el proyecto de Fortín Quieto tiene una fuerte orientación exportadora y apunta a colocar gran parte de su futura producción en mercados internacionales.

Otro aspecto clave es el respaldo técnico internacional. La empresa trabaja junto a MicoLab, una de las firmas especializadas más reconocidas del sector, que participa en procesos vinculados al vivero, la micorrización y el seguimiento de campo.
En abril, la ingeniera española Luz Cocina Romero, directora técnica de MicoLab y referente internacional en truficultura, visitó las plantaciones de Gobernador Udaondo para evaluar el estado del proyecto. Tras recorrer los lotes y analizar la evolución del sistema, destacó el desarrollo del arbolado y las condiciones alcanzadas en materia de manejo y calidad de la micorrización, aspectos fundamentales para el éxito futuro de la producción.
Pero el potencial de la actividad en Cañuelas no se limita exclusivamente al negocio exportador. La consolidación de un polo gastronómico regional, impulsado por el crecimiento de Uribelarrea y de la oferta culinaria local, abre posibilidades para generar una identidad productiva asociada a uno de los ingredientes más valorados de la cocina internacional.

La cercanía con la Ciudad de Buenos Aires, la infraestructura disponible y el creciente perfil turístico del distrito también aparecen como factores que podrían favorecer el desarrollo de una cadena de valor vinculada a la trufa. En ese contexto, la producción local podría integrarse con experiencias gastronómicas, turismo rural y propuestas de agregado de valor.
Por ahora, los resultados productivos demandarán tiempo. Las primeras cosechas comerciales se proyectan hacia el final de la década. Sin embargo, el trabajo ya está en marcha y las nuevas implantaciones continúan avanzando.
Mientras las raíces de miles de robles y encinas comienzan a desarrollar la simbiosis que dará origen al “diamante negro”, Cañuelas empieza a posicionarse en una actividad que combina innovación, sustentabilidad y proyección internacional. Una apuesta silenciosa que podría transformar a la región en uno de los principales referentes argentinos de la truficultura.


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