Salud mental en alerta: se triplicaron las internaciones por intentos de suicidio en el hospital 'Marzetti'
El Día Mundial para la Prevención del Suicidio (10 de septiembre) no suele encontrar su expresión en las estadísticas frías ni en los folletos institucionales, sino en la trinchera silenciosa de las guardias hospitalarias. En el hospital municipal 'Ángel Marzetti', el fenómeno se manifiesta como una marea incesante de angustia que desafía la capacidad de respuesta del sistema de salud pública y expone una crisis de época: la incapacidad colectiva de alojar el sufrimiento humano.
En diálogo con El Ciudadano, la Dra. en Psicología Fernanda Baldassarre, responsable del Servicio de Salud Mental del establecimiento, trazó un crudo diagnóstico de la situación local. Los datos registrados por el área evidencian una progresión que el propio equipo profesional describe como geométrica. Durante 2024, la institución contabilizó 31 personas internadas tras un intento autolítico. En 2025, la cifra se disparó a 81 casos. En lo que va de 2026, el registro ya alcanza las 80 internaciones.
Sin embargo, la especialista aclara que este número es apenas la superficie. Las cifras oficiales únicamente computan a aquellos pacientes que efectivamente ingresan al área de internación del único efector de salud con capacidad de respuesta en el distrito. Excluyen a un universo invisible: quienes se retiran de la guardia antes de la evaluación psiquiátrica y psicológica, los adultos que apelan a la libertad otorgada por la Ley Nacional de Salud Mental (N° 26.657) para rechazar el abordaje, o los niños y adolescentes cuyos padres optan por no dejarlos institucionalizados por el estigma o temor que aún rodea a la problemática, buscando contención posterior por consultorios externos.
Aliviar el dolor o ponerle fin
Durante la entrevista, Baldassarre enfatizó la importancia de no confundir la autolesión con el intento de suicidio. Aunque en la práctica clínica suelen cruzarse y requieren una atención exhaustiva en ambos casos, sus objetivos resultan contrapuestos.
La autolesión consiste en el daño deliberado al propio cuerpo —como cortes o quemaduras— sin la intención de morir. El objetivo principal es regular o aliviar una emoción abrumadora, lidiar con un dolor psicológico insoportable o expresar un sufrimiento que no se puede poner en palabras. La persona no busca poner fin a su vida, sino aplicar un mecanismo de afrontamiento para sobrevivir al momento.
El intento de suicidio, en cambio, es un comportamiento orientado explícitamente a la muerte. Se llega a él cuando la persona percibe el padecimiento como algo inalterable y no ve otra salida ante la absoluta desesperanza. Prefiere morir antes de seguir sufriendo.
La profesional advirtió que ambas problemáticas deben abordarse de forma continua, ya que las autolesiones reiteradas pueden progresar hacia un intento autolítico cuando fallan las herramientas emocionales de afrontamiento.
Consumo problemático, psicofármacos y un sistema en tensión
La problemática en Cañuelas reproduce un escenario crítico a nivel global —donde la OMS reporta cerca de 800.000 suicidios anuales y una muerte cada 40 segundos—, pero se ve atravesada por dinámicas locales y estructurales que la profundizan:
• Inexistencia de "cuadros puros": La práctica clínica del Marzetti muestra una convergencia sistemática entre depresión, crisis de ansiedad, ataques de pánico, trastorno límite de la personalidad y el consumo problemático de sustancias.
• El nudo de las derivaciones: Al ser el único efector de internación local, el hospital debe recibir las urgencias y estabilizar a los pacientes. Sin embargo, en los casos de consumo problemático puro, la derivación posterior hacia centros de rehabilitación choca contra el colapso de las becas y plazas otorgadas por organismos como Sedronar.
• El costo de la medicación: Los esquemas terapéuticos para cuadros severos suelen requerir la combinación de tres a cinco psicofármacos por paciente. Aunque existe el programa provincial PURSI, este solo cubre a quienes poseen Certificado Único de Discapacidad (CUD), obligando al hospital a afrontar costos altísimos para garantizar el tratamiento del resto de los usuarios sin cobertura.
• Oficios judiciales y violencia: El servicio absorbe a diario solicitudes judiciales para la contención de situaciones de riesgo cierto e inminente para sí o para terceros. Esto activa un complejo protocolo de traslado con ambulancia y apoyo policial, para luego iniciar el abordaje clínico hasta lograr la compensación del paciente.
Respuesta ante la sobredemanda
Frente al volumen de consultas, que vuelve imposible la cobertura mediante terapia individual exclusiva, el Servicio de Salud Mental del Hospital Marzetti reorganizó su estructura hacia la intervención grupal como primera línea de atención.
Actualmente funcionan en el hospital diversos dispositivos:
• Grupos terapéuticos para depresión, ansiedad y manejo de emociones.
• Espacios de duelo y seguimiento para pacientes externados.
• Acompañamiento a padres de adolescentes atravesados por crisis.
• Violencia de género y Nuevas Masculinidades: Grupos coordinados por profesionales como el Lic. Ariel Federico para mujeres víctimas de violencia, así como espacios específicos de reflexión para hombres derivados por el Juzgado de Paz.
Las consultas individuales se reservan prioritariamente para situaciones de altísima vulnerabilidad, como los casos de abuso sexual o maltrato intrafamiliar.
La escucha cotidiana como primera barrera
Para la Dra. Baldassarre, frenar esta problemática exige trascender la respuesta hospitalaria y comprometer a la comunidad en la prevención. La clave está en observar y escuchar a quienes nos rodean antes de que la desesperanza se vuelva inmanejable.
Señales de alerta a considerar:
• Aislamiento prolongado o retiro de las actividades cotidianas en adolescentes y adultos.
• Cambios abruptos e inexplicables en el comportamiento o el estado de ánimo.
• Frases que transparenten falta de sentido, desesperanza o incapacidad de proyectar hacia el futuro.
• Consumo desmedido de sustancias como vía de evasión del dolor.
En una sociedad marcada por la prisa y la hiperconexión digital, recuperar los espacios de encuentro cara a cara, apagar el celular durante la cena y preguntar con empatía cómo se siente el otro se transforman en las herramientas preventivas más potentes para interrumpir el camino hacia el acto autolítico.