El dibujante de la memoria rural: Carlos Moreno y el arte de rescatar el alma de Cañuelas
Hay hombres que miran una ruina y solo ven escombros. Carlos Moreno, arquitecto egresado de la UBA en 1967, mira una pared vieja y encuentra un mensaje cifrado. Nacido en Buenos Aires en 1939, su destino cambió de coordenadas en la década del 70, cuando eligió Cañuelas como su lugar en el mundo. En aquella época, la modernidad universitaria dictaba que el pasado era algo secundario, casi un estorbo. Sin embargo, el destino —y un capataz italiano que le enseñó a restaurar molduras en la Manzana de las Luces— lo empujó hacia el rescate del patrimonio material. Pero, por sobre todas las cosas, del patrimonio espiritual.
"Para mucha gente el patrimonio son las cosas. Para nosotros, las cosas son consecuencias de la acción del hombre", dice Moreno con la parsimonia de quien ha gastado hojas y hojas de block dibujando la historia. "El patrimonio material lo rescatamos porque es el soporte: es el cuaderno donde se escriben las poesías".
Su primer gran hito en la tierra del dulce de leche fue la puesta en valor de La Casona de 1840, ubicada en el Club de Campo La Martona, donde es uno de sus habitantes, un trabajo artesanal realizado junto a Lucio García Ledesma y la Junta de Estudios Históricos. Ese fue el prólogo de una obra descomunal que incluyó más de una docena de libros, documentales emblemáticos como Desde la Tierra (1995) y una incansable labor docente en posgrados de todo el país.
De ovejas, trenes y la cuna de la industria lechera
Cañuelas, para Moreno, no es una postal estática; es un entramado complejo de campo, pueblo y producción. En su relato, la llegada del ferrocarril fue el Big Bang local: el viaje a Buenos Aires bajó de dos días en carreta a solo una hora. La leche, que antes se arruinaba en el camino, se convirtió en oro blanco.
• La revolución de Vicente Casares: En 1889, tras fascinarse con las desnatadoras mecánicas en la Exposición Universal de París, Casares plantó la semilla de La Martona.
• El cambio de paisaje: El censo de 1869 mostraba un partido predominantemente ovejero (la Sociedad Pastoril de Merinos operaba donde hoy está La Martona). Para 1890, el vacuno y la industria lechera ya habían desplazado a la lana hacia el sur patagónico.
• El reconocimiento nacional: Su célebre investigación “San Martín Cañuelas. Un pasado, un futuro” (1888) no solo rescató la historia de la Estancia San Martín, sino que funcionó como el argumento fundamental para que la Cámara de Diputados declarara a Cañuelas como Cuna Nacional de la Industria Lechera en 1989.
Las ausencias de fierro y cuero
Frente al micrófono del streaming Dulce de Leche, conducido por Juan Manuel Rizzi, Moreno se planta contra las corrientes eurocentristas y los discursos oficiales. Le escapa al bronce fácil. Para él, la historia oficial suele estar incompleta.
"El patrimonio argentino tiene muchas presencias de bronce y está lleno de ausencias de fierro y cuero. El bronce excluye todo lo que no ayuda al discurso del gobierno de turno".
Con esa misma lucidez, el arquitecto recuerda que el campo bonaerense no se construyó solo con gauchos, sino con el sufrimiento y el trabajo de los esclavos negros. Desde Felipa Larrea —considerada la última esclava del período rosista que murió en Cañuelas en 1910— hasta los soldados afrodescendientes del Ejército de los Andes, Moreno ha usado sus propios dibujos para reconstruir los rostros y las identidades de quienes fueron borrados de la foto oficial. Lo mismo aplica a la arquitectura: "Nadie declara patrimonio una casa chorizo, donde vivió el 90% de la gente, pero sí te declaran un palacete. El patrimonio debe ser una totalidad".
A sus más de ochenta años, el legado de Carlos Moreno sigue tan vivo como las estructuras que ayudó a salvar. Porque entender el patrimonio, insiste, no es un ejercicio de nostalgia inmobiliaria; es defender la escala humana —desde el recuerdo en la mesa de luz hasta la identidad de un pueblo— en un mundo que amenaza con globalizar hasta el alma.