La altura como método: dieciséis días de intemperie, aire escaso y la tenacidad de llegar a la cumbre del Aconcagua
El primer gesto no es heroico: es doméstico. Camila Sabino abre la computadora, revisa código, compila. Después sale a correr. Diez años de zancadas que no tienen épica en sí mismas pero que, acumuladas, construyen una fisiología: corazón entrenado, respiración disciplinada, tolerancia al cansancio. Cinco años atrás, cuando el mundo todavía estaba reacomodándose, decidió ir a la montaña. Patagonia primero, como tantos. Después altura: cuatro mil, cinco mil. Un aprendizaje progresivo de lo obvio —caminar— en condiciones donde caminar deja de ser obvio.
El Aconcagua aparece en ese recorrido como una especie de techo razonable: la cumbre más alta de América, casi siete mil metros, el punto máximo al que se puede aspirar fuera del Himalaya sin entrar en la lógica de las grandes expediciones. Sabino llegó. No lo cuenta como una hazaña sino como un proceso: del 5 al 20 de febrero de 2026, dieciséis días de aproximación, aclimatación y ascenso donde cada etapa importa tanto como la cumbre.
La ruta no es un misterio. En el Aconcagua, a diferencia de otras montañas, el camino está trazado, hay cuatro campamentos definidos —3.000, 4.000, 5.000 y 5.900 metros— y una industria de servicios que convive con la intemperie. Se llega en grupo, con guía. Sabino fue con uno mendocino y otras once personas que compartían objetivo. La montaña, dice, es colaborativa: incluso cuando cada equipo conserva su dinámica, hay un código implícito de ayuda.
Arriba de los cinco mil, la lógica cambia. El viento deja de ser una variable y pasa a ser una condición. Armar una carpa puede ser imposible; el nylon se vuelve una superficie vulnerable. En esas alturas, cualquier estructura —un domo instalado por una empresa, un reparo improvisado— se vuelve un bien común. Se duerme como se puede.
Pero hay algo más que organización: hay gestión del cuerpo. Sabino dice que se sintió bien durante toda la expedición y atribuye esa estabilidad a una aclimatación rigurosa. Respetar los tiempos, hidratarse, comer, descansar. No hay atajos. El día de cumbre, sin embargo, condensa todo: el esfuerzo físico y la exigencia mental se vuelven constantes. No habla de miedo sino de una incomodidad sostenida, de una concentración que no se corta. Paso a paso.
La técnica, en esta montaña, no es el problema. No hay paredes verticales ni maniobras de escalada compleja. Se camina. Pero caminar a seis mil metros implica aceptar que el rendimiento cae a la mitad. El cuerpo entra en una economía de guerra: cada paso exige atención, cada respiración es un acto consciente.
En Sabino, esa conciencia se parece al silencio. Dice que la mente se vacía. A lo sumo, aparecen palabras breves de aliento. Lo central es otra cosa: la postura, el ritmo, el aire. Respirar y avanzar. A esa altura, no hay mucho más.
También aparece la decisión, que en la montaña tiene una ética particular: bajar es una forma de éxito. Durante la expedición hubo deserciones por mal de altura, fatiga o clima. El día de cumbre, salieron cuatro y una persona decidió regresar a mitad de camino, en un punto seguro. Fue, según Sabino, una buena decisión. La montaña no premia la obstinación ciega: exige criterio.
En ese contexto, el grupo funciona como una red. No hubo quiebres visibles, dice, sino aceptación. Entender el límite propio, pensar en quienes esperan abajo, asumir que no hacer cumbre puede ser lo correcto. Hay una madurez específica de la altura, una forma de lucidez que en la ciudad no siempre aparece.
La escena no dura. Diez minutos, quizá menos. El frío no invita a quedarse y, además, la montaña impone prioridades. La cumbre del Aconcagua, amplia, abierta, permite ver la cordillera desplegada entre Argentina y Chile. Ese día, el cielo estaba completamente despejado.
Pero no es la única imagen que queda. Sabino recuerda un atardecer en Plaza de Mulas: la cara oeste del cerro teñida de naranja. Hay momentos silenciosos que pesan tanto como la cumbre.
El descenso empieza casi de inmediato. La expedición, en rigor, no se mide por el instante final sino por todo lo que lo sostiene: la logística, la aclimatación, la gestión de la energía. El “costo” de subir el Aconcagua no es solo económico: es físico, mental, estratégico. Caminar durante horas con frío extremo, con el agua congelándose, aprovechando cada pausa para comer algo, es parte de ese precio.
Sabino tiene 30 años y trabaja como desarrolladora de software. En paralelo, estudia para ser guía de montaña. Esa doble vida —pantalla y altura— no es contradictoria: es complementaria. De un lado, el lenguaje formal de la ingeniería; del otro, un territorio donde las variables son menos controlables pero igual de exigentes.
Cuando se le pregunta para qué sirve subir una montaña, la respuesta no es utilitaria. Habla de la experiencia, de la conexión con la naturaleza, de la vida reducida a lo esencial. La cumbre no lo es todo. A veces toca darse vuelta y también está bien.
Volver, en cambio, es más complejo. La ciudad —en su caso, Buenos Aires— aparece como un espacio acelerado, ruidoso, ligeramente ajeno después de la montaña. El cuerpo necesita recuperarse, pero también la cabeza. Hay algo de esa vida mínima —lo que entra en una mochila, el compañerismo, el humor compartido— que se extraña.
Lo que sigue no es repetir la cumbre sino construir oficio. Más montañas, más experiencia, más decisiones. Aprender a guiar implica un cambio de escala: ya no decidir solo por uno mismo, sino por otros. Ahí, dice, empieza otra montaña.