Débora, la chica que le discute al destino desde el barro hasta el paddock

De Máximo Paz al corazón del Hipódromo de La Plata, una aprendiz de jockey de 19 años pelea contra el peso, el machismo y la distancia con un objetivo concreto: ganar el Gran Premio Dardo Rocha. Historia mínima de una vocación que no pide permiso.
Debora Zalazar en el aula de la Escuela de Jockey de La Plata, entre pizarrones y láminas, la formación combina teoría y oficio para moldear a quienes quieren vivir de la velocidad.

Hay algo en la manera en que Débora Zalazar se para frente al caballo que no se aprende en una clase. Es una mezcla de costumbre y herencia, de campo y silencio, de saber cuándo acercarse y cuándo quedarse quieta. Tiene 19 años, viene de Máximo Paz —ochenta cuadras para adentro, donde el asfalto se vuelve recuerdo— y hoy está donde quiso estar siempre: en la Escuela de Jockeys de La Plata, ese filtro donde el sueño se vuelve disciplina o se rompe.

Antes de que ella hable, conviene escuchar a quien la recibe todos los días. Fabián Rivero, director de la escuela fundada en 1958 y ex jockey, lo resume con crudeza de oficio:

—Un chico tiene que tener entre 16 y 22 años. Lo fundamental es saber andar a caballo. Después, venirse a vivir a La Plata, trabajar con un cuidador, que pasa a ser su tutor. Esto no es una escuela común: es estar todo el día con el animal.

Este año, se inscribieron más 15 alumnos provenientes de distintas distritos como La Plata, Junín, Cañuelas, Coronel Pringles y Berazategui, así como también de otras provincias, entre ellas Santiago del Estero y Córdoba. 

Del aula salen estudiantes y compañeros de Débora: cuerpos chicos, livianos, casi en serie, esa fisonomía afinada que el turf repite desde siempre. Bajos, delgados, medidos por la balanza antes que por el espejo. Es la estampa clásica del jockey. A un costado, en cambio, Fabián Rivero rompe el molde: más alto, más ancho, con el cuerpo de alguien que ya no necesita dar el peso sino transmitir lo aprendido. Entre unos y otro se arma una escena simple y contundente: lo que el oficio exige y lo que deja cuando el tiempo de correr ya pasó.

La maximopaceña junto al director Fabián Rivero, la escena muestra el costado formativo de una escuela que exige más de lo que promete.


Rivero no romantiza nada. La rutina es de lunes a viernes, hasta la una y media, pero en realidad no termina nunca. El caballo no entiende de horarios. Tampoco de excusas.

—El que no terminó la secundaria, tiene que hacerlo. Antes no existía esa posibilidad —dice—. Hoy, con compromiso, puede seguir. Es clave: el título sirve para la vida.

Habla de los pibes con una mezcla de resignación y fe. Sabe que no todos llegan. Que el peso los expulsa, que la constancia los traiciona, que el cuerpo manda.

—Muchos no quieren estudiar nada. Pero acá vienen. Y el que tiene condiciones, suma. Nosotros estamos para eso.

Ese “sumar” es literal: ese mismo día entró una chica nueva. Una más en un universo todavía masculino. Una más en una escuela donde, hasta hace poco, las mujeres eran excepción.

Ahí aparece Débora.

La alumna local con su compañero Tomas Smecca.


 “Me dijeron que era grande. Era mentira”


—¿Cómo llegaste hasta acá?

—Siempre quise venir. Pero me habían dicho que ya era grande. Que no iba a poder.

Lo dice sin rencor, pero con precisión. La frase quedó ahí, como un error ajeno que casi define su historia.

¿Quién te dijo eso?

—Una amiga de mi papá. Medio machista. Decía que las mujeres no…

No termina la frase. No hace falta. El corte es más elocuente que cualquier explicación.

La revancha vino en forma de algoritmo: un video en redes sociales. Edad de ingreso: hasta 23. Se anotó sola. No avisó. Después informó.

—Le dije a mi papá: “Estoy anotada en la escuelita”. Y se pusieron re contentos.

El padre es clave en esta historia. Entrerriano, llegado a Buenos Aires a los 11 años, siempre trabajó con caballos de carrera. Ella creció entre studs y campos, hija de caseros. No es una irrupción: es continuidad.

—Yo ando a caballo desde los cuatro. Pero en criollos. Esto es distinto.

La diferencia no es menor. El caballo de carrera es velocidad pura, nervio, reacción. Un error se paga caro.

En el stud donde trabaja, Débora reparte su jornada entre cinco caballos: limpiar, alimentar, observar y aprender a leer cada gesto del animal.

Peso, cuerpo y disciplina

Débora mide 1,55 y pesa 46,5 kilos. Lo dice como si fuera un dato más, pero es un pasaporte.

—Acá el peso es clave. Te pesan lunes, miércoles y viernes.

El límite es 53 kilos. Pasarse es quedar afuera. No hay margen.

—¿Dieta?
—Me cuido a mi manera.

No toma alcohol, no fuma, no se dispersa. No hay épica en eso: hay método. Vive en el stud, trabaja como peona y cuida cinco caballos.

—Son diez en total. Somos tres. Yo tengo cinco.

La matemática es simple: más caballos, más trabajo, más aprendizaje.

—¿Vivís acá?
—Sí. Hace casi dos meses. En el barrio Hipódromo.

Entre monturas y cascos, la Escuela de Jockeys se vuelve un espacio donde cada detalle —del peso al gesto— puede definir una carrera.


El cuidador le dio lugar, que lo comparte con un platense y otro chico de Cañuelas, de San Esteban, se llama Maximiliano Fernández, quien entró como peón y fue convocado por la maximopaceña. También le compró el equipo inicial. Chaleco, casco, lo básico para no empezar en desventaja. 

—Vengo de una familia humilde. Me dio una mano.

En el hipódromo, esas manos valen más que cualquier discurso.


“Quiero ser jockey. Y ganar”

Débora no duda cuando se le pregunta por el futuro. No arma una respuesta políticamente correcta. Va directo.
—Quiero ser jockey. Y ganar.

—¿Qué carrera?
—El Dardo Rocha.

No elige una cualquiera. El Dardo Rocha es la carrera grande de La Plata, la que se corre en noviembre, el día de la ciudad. No es una meta intermedia: es un horizonte.

—¿Para empezar?
—Para empezar.

Se ríe. Pero no es chiste.


Entre caballos y competencia

—¿Qué es lo más lindo hasta ahora?
—Todo. Me encantan los caballos.

La respuesta es automática. En cambio, lo feo aparece más elaborado.
—El machismo. Y la envidia.

No lo dice con victimismo. Lo dice como diagnóstico.

—¿Se nota?
—Sí. Y va a estar siempre. Pero no hay que dejar que te pasen por encima.

También habla de un ambiente competitivo, donde la camaradería es frágil.
—Son muy competitivos. Pero hay que ser compañeros también.

En esa tensión se forma el carácter.

Casco, chaleco protector, botas livianas y montura mínima: el equipo del jockey está pensado para reducir gramos sin resignar seguridad, donde cada elemento puede influir en el rendimiento sobre el caballo.

El tiempo del caballo

La vida de Débora se mide en rutinas ajenas.

—No puedo ir mucho a mi casa. Los caballos necesitan todos los días.
Ir a Máximo Paz implica cinco horas de viaje. Un lujo que casi no puede darse. La familia, entonces, viene a verla.

—Este sábado vienen.
Lo dice como quien marca una fecha importante.


Aprender a quedarse

En la escuela hay materias: psicología, veterinaria, lenguaje corporal del caballo. También estudios médicos antes de ingresar. Todo controlado.

Pero lo central no está en el aula.
—De las diez y veinte a las doce, andamos a caballo.
Ahí se define todo. El resto acompaña.

Débora todavía no salió a la pista grande. Su cuidador no la deja.
—Es muy cuidador.

En ese límite también hay aprendizaje: saber esperar.

El stud es también dormitorio y rutina: allí se cruzan el cansancio, la disciplina y el vínculo cotidiano con los caballos que entrena.


Preguntas cortas

—¿Tuviste miedo alguna vez?
—No. Respeto, sí.

—¿Accidentes?
—No, todavía no.

—¿Extrañás?
—Sí. Pero estoy enfocada.

—¿Animarías a otros chicos de Cañuelas?
—Sí. Que vengan.

Hay historias que empiezan en el lugar equivocado y terminan donde pueden. Y hay otras, como la de Débora, que parecen haber estado siempre en movimiento hacia un punto fijo.

Entre el barro de Máximo Paz y la arena del hipódromo hay kilómetros, sí. Pero también hay una línea invisible que une todo: el caballo, el trabajo, la insistencia.

Débora la sigue sin desvíos.

No sabe si va a ganar el Dardo Rocha. Nadie lo sabe. Pero ya hizo algo más difícil: llegar hasta la puerta de largada. Y quedarse.

Te puede interesar

Guillermo Proh: el hombre que ordena el ruido de la política desde un estrado

El Secretario Legislativo del Concejo Deliberante de Cañuelas es uno de los funcionarios que mejor conoce la maquinaria institucional local. Un oficio silencioso que mezcla reglamento, memoria política y la capacidad de convivir con todas las tribus del recinto.

La artista Yamila Cafrune, entre Cosquín y Cañuelas: cantar, trabajar y sostener un oficio

El verano 2026 la volvió a encontrar en el Festival de Cosquín con un espectáculo especialmente concebido para esa plaza. Pero la escena no termina en el escenario: autogestiva, empleada estatal y vecina activa de Cañuelas, la cantora combina gira, producción y vida cotidiana. 

Juan Carlos Viale, el escritor cañuelense que convirtió la vida cotidiana en cuentos, música y memoria

El autor construyó una obra sostenida en la observación urbana y los detalles verdaderos. Con casi 150 piezas 200 canciones registradas y más de 170 premios, su trayectoria es una de las más constantes y singulares del panorama cultural local.

La aventura de una pareja para unir los 6 mil kilómetros en moto entre Ecuador y Cañuelas

Daiana Beherens es una cañuelense del barrio 12 de Octubre que recorrió todo tipo de rutas para llegar al cumpleaños número 15 de una sobrina. A su marido, Carlos Sanchez, lo conoció por las redes sociales. A inicios de noviembre emprenderán la vuelta 'motoquera'.