Juan Carlos Viale, el escritor cañuelense que convirtió la vida cotidiana en cuentos, música y memoria
Hay escritores que inventan mundos y otros que afinan la mirada sobre el que pisan todos los días. Juan Carlos Viale pertenece, sin estridencias ni poses, a esta segunda estirpe. Nació en Cañuelas en 1958 y, desde entonces, su obra fue creciendo como una conversación paciente con la realidad: pueblos, fechas, nombres propios, escenas mínimas que, al pasar por el tamiz de la escritura, se vuelven literatura.
Técnico mecánico de formación, operario de fábrica durante años, profesor de música, compositor y socio de SADAIC, Viale no llegó a la narrativa por una epifanía juvenil sino por decantación. Escribía canciones desde chico —“es lo mismo que escribir cuentos, a una se le pone música y a la otra no”, suele decir— y fue recién en 2007, tras participar en un concurso literario en Junín, cuando algo se acomodó definitivamente. Ver premiado a un ingeniero septuagenario que había escrito un cuento notable le abrió una puerta mental: también se podía empezar tarde, también se podía aprender.
Ese primer impulso derivó en un proceso lento y obstinado. Un cuento sobre Malvinas le llevó tres años de trabajo. Cuando lo terminó y se lo mostró al profesor Tito Riva, recibió una sentencia que con el tiempo se volvió profecía: “Ahora no vas a parar más”. Hoy, casi dos décadas después, Viale acumula alrededor de 150 cuentos escritos y una cifra que impresiona incluso a los habitués del circuito literario: 178 premios obtenidos entre 2007 y fines de 2025, incluidos reconocimientos provinciales, nacionales e internacionales.
Su método es artesanal y persistente. Siempre anda con una libretita en el bolsillo. Anota situaciones, frases, finales que aparecen de golpe —muchas veces empieza por ahí— y luego investiga. Para Viale, la verosimilitud no es un detalle: es la columna vertebral del relato. Si una historia ocurre en Junín, en San Vicente o en un pueblito mendocino llamado Los Árboles, los datos tienen que ser exactos. Llama, busca, pregunta, revisa mapas y archivos. “No le puedo decir al lector que el Obelisco está en La Pampa”, resume con una sonrisa.
Esa fidelidad a lo real atraviesa sus cuentos sobre dictadura, fútbol, trabajo, familia o violencia, incluso cuando la trama roza lo inverosímil. Le interesa que quien lee dude: que no sepa bien dónde termina la ficción y empieza la experiencia vivida. Por eso no le sorprende que, al terminar una lectura pública, alguien se le acerque emocionado para preguntarle si todo “pasó de verdad”.
La música fue, durante años, la otra mitad de su vida. Integró Grupo Latino, grabó casetes, recorrió clubes y bailes, escribió todas las canciones del repertorio y registró más de 200 temas en SADAIC. El precio fue alto: noches fuera de casa, cansancio, hijos pequeños esperando. Una pregunta inocente de su hijo de cuatro años —por qué no se quedaba en casa— marcó un punto de inflexión. De a poco, Viale eligió bajar el ritmo y reordenar prioridades.
Hoy, ya jubilado, escribe de madrugada sin despertador ni tarjeta que marcar. Participa, en promedio, de un centenar de concursos literarios por año. Publicó tres libros —Pequeños relatos de grandes historias 1, 2 y 3— y sigue prefiriendo los cuentos breves y los microcuentos, donde cada palabra cuenta y no hay margen para la repetición. La lectura, dice, es el alimento principal del oficio; las novelas largas, en cambio, lo aburren.
Cuando se le pregunta qué les diría a quienes creen que es tarde para empezar a escribir, responde sin solemnidad: cualquiera puede hacerlo; la diferencia está en animarse a mostrarlo. Tal vez ahí resida la clave de su trayectoria: en la decisión silenciosa de contar, una y otra vez, las pequeñas historias que sostienen a las grandes. En Cañuelas, Juan Carlos Viale hace de ese gesto un trabajo constante, casi invisible, pero profundamente necesario.
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