La artista Yamila Cafrune, entre Cosquín y Cañuelas: cantar, trabajar y sostener un oficio
Hay un momento que no figura en las crónicas de festivales. No aparece en las transmisiones oficiales ni en las fotos de prensa. Es el instante posterior al aplauso, cuando la artista baja del escenario, guarda la guitarra, saluda a los músicos y empieza a pensar en la ruta. En el caso de Yamila Cafrune, ese momento tiene un destino concreto: Cañuelas. Y un horario preciso: lunes, ocho de la mañana, oficina pública.
El verano 2026 la encontró otra vez en el Festival Nacional de Folklore de Cosquín, escenario que frecuenta desde hace más de treinta años. De esos 34 ciclos transcurridos desde su debut, calcula que faltó apenas un puñado de ediciones. La estadística no es jactancia: es constancia. Cosquín, en su calendario, no es un evento más. Es un punto de referencia emocional y profesional. Un lugar donde cada regreso implica volver a exponerse ante un público que no concede indulgencias.
Este año presentó un espectáculo concebido específicamente para esa plaza. Orquesta de cámara —con arreglos que expanden el formato tradicional—, guitarras, percusión y una arquitectura sonora pensada para dialogar con el espacio. No repite repertorios de manera automática: prepara algo especial para Cosquín, aun cuando después no vuelva a interpretarlo en las mismas condiciones. Esa decisión artística tiene también una dimensión ética: la idea de que ciertos escenarios exigen un plus de dedicación.
En una de las noches, la bandera de Cañuelas apareció desplegada en el atril. Otra cosa fue vestir un diseño de impronta indígena del creador Francisco Ayala, una elección estética que dialoga con su identidad artística y con la tradición que representa. No fue un gesto efectista sino un modo de anclar el recorrido. Cafrune insiste en subrayar su pertenencia territorial, incluso cuando el circuito la obliga a desplazamientos largos y frecuentes. En tiempos donde la circulación es vertiginosa, la identidad funciona como eje.
También hubo una dimensión menos visible pero decisiva: el viaje. Según cuenta, sin el acompañamiento del municipio de Cañuelas y el apoyo de la firma de gaseosas Manaos, el traslado y la producción hubieran sido prácticamente imposibles. “No hubiera podido levantar el pie para viajar”, sintetiza, en una frase que deja ver la fragilidad estructural del circuito folklórico incluso para artistas con trayectoria.
Cosquín, en ese contexto, aparece como algo más que un evento. Cafrune retoma una idea que le quedó resonando tras leer al escritor Carlos Lucentti, de Río Tercero: el festival no es solamente un escenario. Es una experiencia. “Coincido con él: Cosquín es un sentir, una vivencia”, sostiene. Y amplía: no se trata solo del llamado Festival de Atahualpa Yupanqui —nombre que remite a una tradición mayor— sino de todo lo que sucede alrededor.
Porque, aunque sea un espacio permanentemente discutido —por programaciones, criterios o repeticiones—, hay algo que se mantiene intacto: todos quieren estar ahí. La crítica convive con el deseo. Y Cafrune no se corre de esa lógica. “Cada actuación, por más chica que sea, me significa mucho. Pero Cosquín es eso”, resume.
Ese “eso” se vuelve tangible en escenas mínimas. Como la caminata después de bajar del escenario. Tres cuadras que se transforman en más de media hora. No por el tránsito, sino por la gente. Vecinos, trabajadores, empleados municipales que la reconocen y le piden una foto. Entre ellos, barrenderos que interrumpen su tarea para saludarla. No hay protocolo ni distancia: hay identificación.
La escena, lejos de ser anecdótica, condensa una relación. Cafrune no describe multitudes abstractas sino vínculos concretos. La “gente del pueblo”, como la nombra, es también el público que la sostiene fuera de los grandes festivales. El mismo que la ve en escenarios más pequeños, en clubes, en eventos locales.
Más allá de Cosquín
Hija de Jorge Cafrune, su vínculo con la tradición no es un museo sino una conversación permanente. Los homenajes al padre —en Jujuy, en centros culturales que llevan su nombre, en evocaciones que combinan cabalgatas y música— conviven con una trayectoria que busca autonomía. El legado aparece como punto de partida, no como techo. En Cosquín, incluso, fue testigo de nuevas lecturas sobre ese escenario y su mística, resumidas en textos que reivindican la experiencia vivida por encima de la polémica circunstancial entre un cantante y el Presidente que participó de un show.
Pero la escena artística no agota su biografía. Cafrune es empleada estatal y asume esa doble condición sin dramatismo. El lunes posterior a un fin de semana de gira la encuentra nuevamente en su puesto de trabajo. El contraste no es impostado: forma parte de una estructura laboral que, según sostiene, obliga a muchos artistas a diversificar ingresos. La cultura, dice, rara vez es considerada un medio de vida pleno por quienes la consumen.
Desde 2025 decidió producirse a sí misma. Eso implica negociar contratos, calcular presupuestos, coordinar músicos, definir formatos y resolver logística. Maneja su propio vehículo, traslada instrumentos y a sus músicos, organiza ensayos. La figura del artista como microempresa deja de ser metáfora para volverse descripción operativa. En su catálogo conviven varias propuestas: el formato con banda completa —bautizada con humor interno—, el dúo de guitarras, espectáculos temáticos que combinan historia y canción, e incluso versiones sinfónicas que requieren articulación con orquestas locales.
Esa flexibilidad responde a una realidad concreta: no todos los festivales pueden asumir los costos de una formación numerosa. La solución es modular la propuesta sin diluir identidad. En ocasiones envía arreglos a orquestas provinciales que los estudian previamente; ella viaja un día antes, ensaya y presenta el concierto. El resultado, más que un reemplazo, es una alianza con músicos del lugar, una forma de ampliar redes y distribuir trabajo.
Su agenda 2026 no se limita al verano. Entre febrero y mayo tiene ocupados la mayoría de los fines de semana, con fechas en la provincia de Buenos Aires y otras regiones. La imagen de la “cantora estacional” no encaja en su caso. Canta todo el año. Viaja los viernes, puede sumar sábado y, si la distancia lo permite, un domingo al mediodía. Son 300 o 400 kilómetros, para las funciones, antes de regresar para cumplir con sus obligaciones laborales. El cuerpo, en ese ritmo, se vuelve una herramienta más.
Luego, regreso y rutina administrativa.
En lo personal, la maternidad atraviesa su relato con naturalidad. Sus hijos, ya adultos, siguieron caminos diversos: estudios universitarios, interrupciones, búsquedas propias. Una de sus hijas se volcó decididamente a la música y la acompañó en el escenario, cerrando un círculo generacional que no fue impuesto sino elegido. La transmisión, en su caso, no es mandato sino afinidad.
También hay proyectos en pausa, como un libro dedicado a la vida de su padre, escrito en colaboración con el periodista cordobés Pedro Solans. El texto está terminado, pero su publicación se demora. No por falta de material sino por razones más íntimas: la sensación de que editarlo implica clausurar una etapa. La literatura, como la música, requiere tiempos que no siempre coinciden con el calendario.
Entre la intensidad de Cosquín y la calma de Cañuelas, Yamila Cafrune sostiene un equilibrio que no es cómodo ni espectacular. Es, más bien, una práctica diaria. Cantar, producir, negociar, trabajar en oficina, volver a cantar. En esa secuencia se cifra una forma de entender el oficio: sin épica exagerada, sin victimismo, con la convicción de que la música es trabajo y también destino. Y que el aplauso, por más fuerte que suene en la plaza Próspero Molina, siempre termina en una ruta que lleva de regreso a casa.
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