
Uribelarrea: se realizó la III Jornada Interdisciplinaria de Salud Mental, Discapacidad y Derechos Humanos
Leandro Barni
Hay un gesto mínimo, casi imperceptible, que resume años de transformación a la sombra de un viejo edificio que alguna vez fue escuela de monjas y luego instituto psicopedagógico. Ocurre cuando Luis toma entre sus manos un trozo de papel mojado de maple de huevo, lo prensa con paciencia dentro de un recipiente plástico y moldea una maceta biodegradable. Con su camiseta de River, tiene 60 años, pero si le preguntan responde con una sonrisa rápida que tiene 15. Llegó aquí de chico, cuando el sistema judicial lo fue moviendo de un hogar a otro hasta depositarlo en el Hospital Subzonal Especializado ‘Dr. Dardo Rocha’. También está Carlos —a quien todos llaman Moli— , no solo junta las hojas secas cuando se corta el césped; prepara el compost, cuida los almácigos de tomate y vive en una casa asistida en el pueblo (casa convivenciales), como lo hace Luis.
Este martes 29 de septiembre, entre las 9:00 y las 13:30, las arboledas y plantas florecidas del hospital uribeño fueron la sede de la III Jornada Interdisciplinaria de Salud Mental, Discapacidad y Derechos Humanos 2026, bajo el lema "El cuidado como garantía de derechos: construyendo prácticas humanizadas e inclusivas en Salud Mental Comunitaria". Con la presencia de la directora provincial de Acceso a la Salud, Lourdes Farías, y referentes de distintos puntos de la provincia, el encuentro propuso seis rondas de trabajo para debatir desde el bienestar alimentario hasta las formas de superar la cultura del encierro.

Pero el corazón palpitante de la jornada no estuvo bajo un techo ni en una tarima formal. El Ciudadano estuvo al fondo del predio, donde el barro se mezcla con las caléndulas y las matas de lavanda, entre la presencia de los teros. En una suerte de cabaña, funciona allí Naturalmente, un dispositivo sociolaboral y comunitario que nació en 2021 y que demuestra que la tierra no sabe de diagnósticos ni de etiquetas psiquiátricas.

Volver a la tierra para recuperar la rutina
“Al principio era solo un terreno; fuimos dividiendo, haciendo bancales, levantando la cabaña y armando el invernadero con ayuda del INTA”, recuerda la terapista ocupacional Evangelina Segata, una de las gestoras de Naturalmente. En el dispositivo participan activamente entre 20 y 22 usuarios, tanto los que aún residen en el área de internación como aquellos que han logrado dar el salto a las casas convivenciales del pueblo o de Cañuelas.
En la entrada de la huerta, un mural multicolor deja ver una premisa firme: Que en el encierro no cura. Para profesionales como Evangelina o Pía, terapista del Hospital General de Lobos —quienes viajaron para intercambiar experiencias sustentables—, el trabajo con plantas y otras actividades rompe el bucle de la apatía institucional.
“Cuando hay una patología grave o un quiebre en la vida diaria, se pierde la rutina, el interés y la conexión con la comunidad. Acá no hay presión”, explica Pía mientras muestra los canteros hechos con madera reciclada y apoyados en una mesa para esta jornada. “Pacientes que antes no sabían qué hacer con las manos hoy son casi los capataces del espacio, trabajan a la par de los talleristas, respetan un horario y cuidan lo que siembran. La conexión con la naturaleza tiene un efecto sanador que no te da un consultorio: desde que sostienen este taller, ninguno de nuestros usuarios volvió a reincidir en una guardia de urgencia”.

Un sistema donde todos arrastran la pala
El proyecto no es una simple laborterapia contemplativa. Tiene la lógica de un sistema agroecológico y de soberanía alimentaria. Como explica María Silvia, nutricionista del equipo de Lobos, "no alcanza con decirle a alguien que coma alimentos reales; hay que enseñar cómo se producen. La huerta es un sistema donde la diversidad da resiliencia, tanto a las hortalizas como a la comunidad".
Lo cosechado en los canteros —tomates cherry, zucchinis, albahaca, acelga y lechugas— se destina a las cocinas de los hospitales para enriquecer el menú de los residentes, mientras que los desechos orgánicos regresan al compost de las parcelas.
Sin embargo, el secreto del éxito radica en una renuncia técnica deliberada: “Para que esto funcione hay que correrse del rol profesional rígido y ponerse el mazo de obrero. En la huerta, la nutricionista, la terapista y el paciente agarramos la pala por igual. Nos conectamos como humanos”, reflexiona María Silvia, al lado de la psicóloga Natalia Segredo y de la terapista ocupacional Evangelina Segatta, ambas del Dardo, quienes junto a un equipo interdisciplinario de profesionales (y trabajadores Sandra Alfonso, Milagros Acosta y Marcelo Orrego) llevan este proyecto, que cuenta con el respaldo de los ministerios de Salud y de Desarrollo Agrario de la Provincia de Buenos Aires, en el marco del programa provincial "Producir Salud Mental"..
Esa horizontalidad atrajo incluso a los vecinos de Uribelarrea. Todo empezó casi por casualidad el año pasado, cuando el hospital recibió una donación masiva de cactus y decidieron colocar una mesa hacia la calle para regalarlos a cambio de latas de conserva vacías. Hoy, varios vecinos se acercan semanalmente a compartir un mate, pintar macetas o colaborar en los surcos, desdibujando la frontera entre el adentro y el afuera.

Puertas abiertas y la conquista de lo propio
Abrir una puerta en una institución históricamente ligada a la reclusión tiene una fuerza simbólica incontestable. "Cada vez que se abre una puerta acá se hace un festejo, un pequeño acto que emociona porque significa que por ahí se puede entrar, pero sobre todo se puede salir", señalan desde el equipo profesional de la Salud.
El proceso de externación ha dado frutos concretos: actualmente el hospital alberga a 37 usuarios en internación tradicional, mientras que más de una veintena reside en cuatro casas asistidas (dos en Cañuelas y dos en el casco urbano de Uribelarrea). Allí conviven en pequeños grupos de cuatro a ocho personas, gestionando sus propios gastos, limpiando sus cuartos y cocinando en equipo.
“El mayor enemigo en la internación es el aburrimiento”, explican los acompañantes terapéuticos. “Cuando no hay motivación, surgen las crisis. En cambio, cuando tienen su espacio, su mate, sus plantas y la responsabilidad de hacer las compras en la leñería o en la ferretería del barrio, se habitan de otra manera. Poder elegir cuándo usar un baño o mirar un video en YouTube parece algo básico para cualquiera, pero para ellos fue una conquista de dignidad después de décadas de encierro”.
Al mediodía, cuando el sol entibia la húmeda jornada de septiembre, Luis se acerca despacio a mostrar una botella plástica reciclada que sirve como goteo automático para los canteros de caléndulas. Presume la pequeña flor verde que asoma de la tierra húmeda con el orgullo de quien ha encontrado, finalmente, un lugar en el mundo. La jornada formal se va cerrando entre folletos y discursos institucionales, pero en el fondo de la huerta el trabajo sigue. Entre el olor a tierra mojada y el susurro de las acacias, los gritos de los teros, la locura y la cordura han dejado de importar; solo queda la vida abriéndose paso en comunidad.


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