
Miel: la suba de los costos y el bajo consumo complican las cuentas del apicultor
Leandro Barni
La provincia de Buenos Aires concentra el 53% de la producción de miel de la Argentina y cuenta con casi 8.000 productores que trabajan con alrededor de 1,7 millones de colmenas. El dato fue difundido por la Dirección de Apicultura del Ministerio de Desarrollo Agrario bonaerense durante el XVII Congreso Latinoamericano de Apicultura (Filapi), realizado a inicios de este mes en Mar del Plata.
El volumen ubica a Buenos Aires como la principal provincia productora del país, aunque detrás de esas cifras existe una realidad atravesada por los costos de producción, el clima y un mercado interno que, según los propios apicultores, todavía tiene dificultades para incorporar a la miel como un alimento de consumo habitual.
“En la provincia de Buenos Aires se genera el 53% de la producción del país”, explicó Ariel Guardia López, director de Apicultura del Ministerio de Desarrollo Agrario bonaerense. El funcionario señaló que los productores están distribuidos por todo el territorio provincial, con una fuerte presencia en la Cuenca del Salado, el sudeste y el sudoeste.
Guardia López también puso el foco en la variabilidad de la actividad. “La rentabilidad varía mucho de acuerdo a la producción, al clima y al agua”, explicó, debido a que la apicultura depende directamente de la floración. A esto se suma el aumento de los costos, con el combustible entre los principales gastos. Según detalló, las variaciones en ese rubro pueden representar entre un 25 y un 35 por ciento.
Una cosecha que dejó un buen resultado
En Cañuelas, Eduardo Odriozola conoce esa realidad desde hace casi 40 años. A fin de año cumplirá cuatro décadas como apicultor y, aunque actualmente la actividad representa un complemento de su principal ocupación, asegura que sigue siendo una parte importante de su vida.
La última cosecha, en su caso, fue buena. Para quienes mantienen apiarios fijos en la zona, estima que un rendimiento promedio puede ubicarse entre los 22 y los 28 o 30 kilos de miel por colmena al año.
Eduardo Odriozola lleva casi 40 años dedicado a la apicultura y actualmente mantiene apiarios fijos en Cañuelas.

La situación cambia para quienes realizan trashumancia, es decir, trasladan las colmenas en busca de distintas floraciones o para servicios de polinización. “Hay gente que ahora está levantando sus colmenas en el Delta y viene para la Pampa Húmeda, o productores que salen desde Buenos Aires al Valle a polinizar. Hay otros rindes y es otra economía totalmente distinta”, explicó.
Sin embargo, producir más no necesariamente significa ganar más.
Cuando el precio de la miel no acompaña
Para Odriozola, uno de los principales problemas está en la relación entre el precio que recibe el productor y el incremento de los insumos.
“La sanidad y los materiales están bastante elevados y no han acompañado el precio de la miel”, sostuvo.
Como ejemplo, mencionó productos sanitarios que hace un año costaban unos 26.000 pesos las dos unidades y que actualmente rondan entre los 42.000 y 44.000 pesos.
En cambio, el kilo de miel pasó de unos 4.800 o 5.000 pesos el año pasado a alrededor de 6.000 pesos en la actualidad.
“El kilo de miel no acompañó todo el proceso inflacionario”, resumió. Y existe, además, un límite que el productor encuentra en el consumidor: “Si se aumenta mucho más no se vende”.
El problema, según explica, es que el consumo interno todavía no tiene la fuerza suficiente para absorber una suba importante del precio.
“No hay mentalidad de consumir miel en la población”, consideró.
¿Cuándo una colmena deja de ser un negocio?
La comparación con décadas anteriores permite dimensionar el cambio. “Hace 40 o 50 años, tener 100 colmenas era una unidad económica rentable. Hoy, 80 o 100 colmenas son un hobby”, afirmó Odriozola.
La cuenta que hace es sencilla. Con 100 colmenas y un rendimiento de 20 kilos por colmena se obtendrían unos 2.000 kilos de miel. A un precio de 6.000 pesos el kilo, representarían 12 millones de pesos brutos.
Pero de esa cifra todavía hay que descontar los medicamentos, los materiales, la reposición de genética, el mantenimiento y el combustible necesario para trasladarse hasta los campos donde están instaladas las colmenas.
“Hay cosas que a veces no sumamos o no contemplamos”, reconoció.
Por eso evita afirmar que un pequeño productor esté actualmente “bien” o “mal”. La respuesta, sostiene, depende de las necesidades y del nivel de vida de cada familia. Pero considera que esa escala ya no alcanza para vivir “medianamente bien, sin lujos pero sin privaciones”.
El clima, una amenaza que permanece
A la presión económica se suma una actividad que depende de una variable que el productor no puede controlar: el clima. Hasta ahora, Odriozola considera que las condiciones climáticas no afectaron de manera significativa la última producción, pero mira con preocupación lo que pueda ocurrir durante la próxima temporada.
La razón es la dependencia directa entre las abejas, la floración y las condiciones meteorológicas. “Si llega a haber muchas lluvias, se lavan los nectarios y se complica”, explicó.
El apicultor recordó temporadas en las que la situación llegó al extremo de tener que alimentar a las abejas para evitar que murieran de hambre. “Hace tres o cuatro años, en enero, en vez de estar cosechando como sería la lógica, estábamos alimentando a las abejas”, relató.
Para Odriozola, los cambios en el clima representan un desafío adicional para una especie que tiene una enorme capacidad de adaptación, pero que también encuentra límites frente a modificaciones bruscas de su ambiente.
Y Cañuelas al estar en una zona de llanura, es ideal para las abejas con campos que tengan mucho cardo, trébol, eucaliptus, floras autóctonas.

El otro problema: qué se vende como miel
La preocupación del sector también alcanza a la comercialización. Odriozola sostiene que el fraude y la presencia de productos que se ofrecen como miel, pero que no lo son, afectan desde hace tiempo a los productores que trabajan con un producto genuino.
“Si uno lee detenidamente la etiqueta, dice ‘alimento a base de miel’. No es miel”, señaló.
El problema es que el consumidor muchas veces termina tomando la decisión en función del precio. “Quien quiere comer algo dulce se mide por el bolsillo, no por la calidad”, afirmó.
Según su cálculo, un kilo de miel debería llegar al comerciante a un valor de entre 10.000 y 12.000 pesos para que el productor pueda cubrir adecuadamente sus costos. En el comercio, eso llevaría el precio final a unos 14.000, 15.000 o 16.000 pesos.
“Hoy no lo paga nadie”, sostuvo el hombre que suele trabajar frente a las abejas con un buzo, careta y en ocasiones los guantes.
Por eso considera que la discusión no puede limitarse al precio de la miel, sino que también debe incluir los mecanismos de control y trazabilidad.
“Deberíamos cambiar nuestra mentalidad de argentinos. Tendría que haber una buena trazabilidad”, planteó.
Existe una normativa que establece mecanismos de trazabilidad, pero, según su mirada, su aplicación efectiva todavía es insuficiente. Y aparece nuevamente el mismo dilema: cumplir con todas las exigencias implica mayores costos, que luego deben trasladarse al precio final.
“Si yo aplico todas las normativas de esa ley, tengo que venderla a 10.000 o 12.000 pesos el kilo y no se la vendo a nadie porque no me la compra nadie”, explicó.

Una actividad que nació en la familia
La relación de Odriozola con las abejas comenzó por una cuestión familiar y terminó convirtiéndose en una pasión.
Su tío se había dedicado toda la vida a la apicultura. Su padre, de origen rural, también había trabajado con abejas hasta sus 30 años. Cuando el tío murió quedaron unas 100 colmenas y la familia decidió no venderlas.
Su padre le propuso entonces continuar juntos.
Odriozola tomó cursos en Capital y en Cañuelas y comenzó a formarse también a partir de la experiencia práctica. En ese camino contó con la ayuda de un apicultor de Lobos, conocido como “Toto” Giuliano.
Hubo pruebas, errores y también pérdidas de colmenas. Con el tiempo fue adquiriendo experiencia y construyendo su propia forma de trabajar.
A casi 40 años de aquel comienzo, la apicultura sigue ocupando un lugar particular en su vida.
“Para mí la apicultura es una pasión. Estamos con ganas todavía”, dijo.
Hoy representa una ayuda económica para su actividad principal, pero también algo que trasciende los números. “Fue importante en mi vida”, resumió.
Y esa definición permite entender una parte de la actividad que no aparece en las estadísticas: detrás de las casi 1,7 millones de colmenas de la provincia hay productores que sostienen una tarea que depende de las flores, del clima, de los costos y del mercado, pero también de una relación construida durante años con las abejas.


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