A cuarenta años de la muerte de Jorge Luis Borges: la alumna que volvía a Cañuelas en tren

María Lydia Torti recuerda las clases que tomó con el escritor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Viajaba cada semana desde Cañuelas junto a su madre y jamás imaginó que aquel profesor se convertiría en uno de los nombres más importantes de la literatura universal.
María Lydia Torti junto a los diplomas que conservan parte de su historia académica y familiar. Entre esos años de estudio conoció a Jorge Luis Borges como docente de Literatura Inglesa.

La gata salta de una silla a otra y desaparece por el pasillo.

—Frida —dice María Lydia Torti, como si la estuviera presentando.

La pava acaba de hervir. Sobre la mesa esperan dos tazas, una azucarera y nada más. Afuera hay una tarde tibia de otoño en nuestra ciudad. Adentro, colgados en las paredes, sobreviven diplomas universitarios, certificados de piano, cuadros, fotografías y recuerdos de otra vida. Una vida en la que, cada lunes, ella y su madre tomaban el tren rumbo a Buenos Aires.

Hace cuarenta años murió Jorge Luis Borges. Y entre los miles de lectores que hoy vuelven a sus libros está esta mujer que no lo conoció primero como escritor, sino como profesor.

Corría la década de 1960. María Lydia estudiaba Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Vivía parte de la semana en un departamento familiar de la calle Entre Ríos al 1800 y regresaba a Cañuelas los viernes.

La materia se llamaba Lengua y Literatura Inglesa.

El profesor era Borges.

—Éramos entre quince y veinte alumnos. Era una materia de los últimos años. La mayoría éramos mujeres —recuerda.

Borges ya era una figura conocida. Pero para aquellos estudiantes veinteañeros no era todavía el monumento literario que el tiempo terminaría construyendo.

—Nosotros no dimensionábamos quién era. Era un profesor más.

Las clases transcurrían en el edificio de Viamonte. Borges llegaba acompañado por su madre, Leonor Acevedo. Los alumnos lo esperaban y muchas veces lo ayudaban a subir las escaleras.

—Lo llevábamos del brazo porque ya tenía problemas de visión. Siempre decía: "Qué oscura está el aula". Aunque hubiera luz.

La imagen permanece intacta más de seis décadas después: Borges entrando lentamente al aula magna, apoyado en alguno de sus alumnos, mientras hablaba de los colores que todavía podía distinguir.

—Mencionaba mucho el amarillo y el violeta.

Torti sonríe suave cuando recuerda la dinámica de aquellas clases.

No porque fueran extraordinarias.

Más bien porque eran impredecibles.

—No era muy didáctico.

La observación no pretende ser una crítica. Es apenas una descripción.

Borges comenzaba hablando de "El paraíso perdido", de John Milton, y de pronto abandonaba el tema para explicar cómo una palabra había viajado desde el sánscrito hasta el latín atravesando siglos de transformaciones lingüísticas.

—Se iba por las ramas.

Los estudiantes, entonces, completaban el programa con apuntes, lecturas complementarias y textos que circulaban por los pasillos universitarios.

Sin embargo, había algo que los fascinaba.

La libertad.

—No imponía sus opiniones. No era soberbio. No te hacía sentir menos.

Décadas después, Torti, de 84 años, descubriría que aquella actitud coincidía exactamente con una frase que Borges repetiría durante años: que la literatura no podía enseñarse y que el verdadero trabajo de un profesor consistía en transmitir el placer de leer.

Cuando llegó el examen final, ella eligió exponer sobre "El paraíso perdido".

—Si te expresabas con fluidez, él te escuchaba. Valoraba la espontaneidad.

No buscaba respuestas perfectas.

Escuchaba.

Después decidía.

Y alcanzaba.

En una pared de su casa cuelga el título que obtuvo el 8 de agosto de 1968 como Profesora de Enseñanza Secundaria Normal y Especial en Letras. Más arriba aparecen otros diplomas relacionados con el piano. Algunos pertenecieron a su madre.

María Lydia Torti junto a Frida, la gata que la acompaña en su casa del centro de  Cañuelas. 


Mientras sirve otra taza de café, Torti admite que con los años admiró más al escritor que al docente.
—La obra la valoré mucho más después.

En una biblioteca conserva las obras completas de Borges.

La libreta universitaria donde figuraba su firma, en cambio, desapareció hace tiempo.

La buscó durante años.

Nunca apareció.

Quizás quedó olvidada en alguna mudanza. Quizás se perdió entre papeles familiares. Quizás duerma en algún cajón que nadie volvió a abrir.

No importa demasiado.

Porque sesenta años después todavía conserva algo más difícil de extraviar: la memoria de aquel profesor que llegaba acompañado por su madre, caminaba despacio por los pasillos de la facultad y hablaba de palabras, lenguas y libros como quien conversa entre amigos.

Un profesor que todavía no era leyenda.

O que ya lo era, aunque sus alumnos no lo supieran.

Curiosamente, volverían a coincidir en un mismo lugar décadas atrás, aunque sin contacto alguno. El 28 de marzo de 1977, cuando Jorge Luis Borges visitó Cañuelas invitado por la Sociedad Rural y el Club de Leones para ofrecer una conferencia sobre literatura y poesía gauchesca en el auditorio de la entonces ENET N°1, Torti estuvo entre el público. 

Lo observó desde lejos. No se acercó a saludarlo ni a recordarle aquellas clases. Para Borges era una ciudad más en una agenda cargada de compromisos; para ella, una ocasión singular de volver a ver al hombre que había marcado parte de su formación intelectual.

Los años siguieron su curso. Borges continuó escribiendo, viajando y consolidando una obra que ya era considerada universal. El 14 de junio de 1986 murió en Ginebra, Suiza, a los 86 años, víctima de un enfisema pulmonar. Había elegido pasar sus últimos días en esa ciudad que asociaba con algunos de los recuerdos más felices de su adolescencia. Sus restos descansan en el cementerio de Plainpalais, lejos de Buenos Aires y también lejos de Cañuelas.

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