La red solidaria de dos jóvenes que cambia vidas en la calle con cuchas caseras

Frente a las heladas del invierno, una emprendedora y una playera de estación de servicio unieron fuerzas para fabricar refugios impermeables con materiales reciclados. Sostienen tránsitos, costean deudas veterinarias a fuerza de rifas y militan por la castración masiva como única salida estructural.
Interés general03/08/2026El CiudadanoEl Ciudadano

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Delfina y Karen cumplieron en julio un año de salir con la primeras cuchitas de cartón a las calles y de organizarse como Cuchitas Cañuelas. 

Todo comenzó con la brevedad de una historia compartida en Instagram. Había una necesidad puntual: trasladar dos colchones hacia el espacio de unas chicas de Cañuelas que, en su propia casa y de manera independiente, Delfina Chiliutti y Karen Oyola reciben animales desamparados (su comunidad virtual se identifica como @cuchitascanuelas_). Ante la falta de vehículo propio, una publicación en Facebook solicitando ayuda para el flete terminó conectando a dos desconocidas.


Lo que podría haber sido un simple favor entre vecinas se transformó, en pleno viaje, en un revelador cruce de voluntades. La empatía compartida por el sufrimiento animal y la indignación ante el abandono convirtieron ese trayecto en el primer capítulo de una alianza proteccionista. Minutos después, al divisar un pilón de cajas de cartón apiladas junto a la vereda, la reacción fue automática: "¿Hacemos cuchitas?".


A partir de ese instante, el auto se transformó en una central de acopio itinerante. Frenaron en cada esquina donde hubiera cartones de verdulería o tarimas de madera. Sumaron bolsones de ropa donada fuera de temporada que, al no servir para abrigo directo, cortaron en tiras para transformarla en trapos y rellenos.


Sin manuales previos pero con ingenio artesanal, convirtieron el quincho de una de ellas en un taller improvisado de producción en serie. Entre estructuras de cartón, rollos de bolsas de consorcio y decenas de cintas de embalar, diseñaron prototipos impermeables capaces de aislar el frío extremo de la intemperie. La tarea demandaba hasta tres horas de armado por unidad y el gasto constante de insumos que pagaban de su propio bolsillo o gracias al aporte de la comunidad. Las salidas a repartir los refugios al caer la noche, rozando las heladas, pasaron a ser parte de su rutina.


"Cada animal en la calle es el reflejo de una decisión humana que pudo ser diferente. La solución no es tener más rescatistas, sino ciudadanos responsables y castración masiva", sostienen.


Trabajos, tránsito y deudas veterinarias
Las cuchas aislantes representan un alivio térmico vital, pero no resuelven la problemática de fondo. Sin un espacio físico ni la infraestructura de un refugio tradicional, las rescatistas dividen sus días entre sus empleos —una trabaja como playera de estación de servicio y paseadora, mientras la otra emprende en el rubro del calzado y la elaboración de snacks naturales para mascotas— para sostener el rescate activo.

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Las cuchas son  estructuras de cartón reforzadas con plástico, y por dentro, un colchón armado con ropa donada.


Sostener esta labor implica un malabar constante entre horarios rotativos, viajes y la administración de sus propios hogares, donde ya albergan a sus animales residentes. La dinámica requiere una red de apoyo constante: desde vecinos que aportan donaciones mínimas (desde 100 pesos que suman para cancelar deudas con las clínicas) hasta hogares de tránsito que reciben a los animales mientras se busca una adopción definitiva.


El caso deñ perro Shell grafica la complejidad de su trabajo. Fue hallado con movilidad reducida tras sufrir un accidente vial. Luego de semanas de incertidumbre, traslados a pulmón y decenas de sesiones de kinesiología, Shell volvió a caminar y a correr. Hoy, ya recuperado y castrado, busca una familia que lo albergue en sus años de vejez, enfrentando el desafío adicional que supone la menor demanda de adopción para los animales adultos.


La iniciativa cobró tal escala en la zona que incluso las autoridades municipales terminaron convocándolas para financiar la producción de cuchas hechas con bases de pallets, replicando a mayor escala el modelo que ellas iniciaron de forma autogestiva.


A pesar del desgaste físico y mental que implica el proteccionismo independiente, las fundadoras del proyecto mantienen una premisa clara sobre el rol social del rescate: la empatía no radica en sentir lástima, sino en prevenir el sufrimiento. Concientizar sobre la tenencia responsable, incentivar la vacunación, exigir leyes de protección animal y promover la castración masiva son, para ellas, los únicos caminos reales para que, en el futuro, la figura del rescatista deje de ser necesaria.

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