
Crimen de Franco Depauli: la marcha del silencio que se transformó en un rezo colectivo
Leandro Barni
El sol de la siesta, tibio y caprichoso, jugaba esta tarde a esconderse detrás de las nubes sobre una plaza San Martín extrañamente despoblada. No estaban los jubilados de siempre ni el murmullo de los estatales en un jueves de asueto administrativo por el día de la Virgen del Carmen. Solo el eco de los feligreses que salían del templo y su salón anexo interrumpía la calma. Pero en el centro del espacio verde, un grupo de más de cien personas empezó a corporizar otro tipo de ceremonia. Un rito silencioso, familiar y urgente.
La mayoría eran mujeres. Madres, hermanas, vecinas de clase media trabajadora. Llevaban remeras negras con una imagen que sintetizaba la tragedia: el rostro y el cuerpo de Franco Depauli recortados sobre el fondo celeste y blanco de la bandera argentina. La misma bandera por la que Franco, de 46 años, había salido a festejar con la pasión desbordante que lo caracterizaba, y que terminó costándole la vida tras recibir el impacto de una baldosa en la cabeza.

La caminata alrededor de la plaza fue pacífica, casi un susurro colectivo que solo se interrumpía con el batir de palmas de quienes miraban desde los bancos. No hubo gritos desbocados. "Acompañamos a mi hermano, que era pacífico y tranquilo", explicaba con entereza Eliana, una de sus nueve hermanos. "Nosotros vamos a ir por una condena, hasta lo último. El municipio aportó las cámaras del COM y el que lo hizo ya está preso. Entre los detenidos está el que arrojó la piedra, ese menor conocido como 'El Chaqueño'".
La investigación judicial, según confirmó su hermana menor, Antonela —agrimensora de Levene—, dio un vuelco clave en las últimas horas: la causa se recaratuló de "homicidio en riña" a "homicidio simple". "No puedo fingir el dolor", confesaba Antonela con los ojos cansados. "Solo quiero que pase este Mundial de fútbol. No me interesa. Ahora hay que estar fuertes para acompañar a mi mamá".
El recuerdo del "payaso triste" y la mesa vacía de Hueney
Franco era un buscavidas de sonrisa fácil. Había trabajado años en Cerámica Cañuelas y realizaba tareas temporales, pero su verdadera esencia venía de la herencia de su padre, un viejo artista de circo que supo ganarse un lugar en la televisión de Sofovich arrastrando autobombas con la fuerza de su dentadura. Franco heredó esa gracia. Bailaba, ayudaba como voluntario y se mimetizaba con la alegría popular. Algunos, por su fisonomía, solían confundirlo con el pochoclero de la plaza Belgrano.

A pocos metros de la marcha, la confitería Hueney guardaba el vacío de su ausencia. Allí, sobre la mesa que daba a la calle 25 de Mayo, Franco y sus amigos habían seguido cada partido del seleccionado. "Estaba en el momento correcto en el lugar equivocado", se lamentaba su amigo Javier Cardozo, quien llevaba consigo un clarinete la trágica tarde. Con ese mismo instrumento y un redoblante habían compartido tardes enteras. "Él tenía que estar ahí, con su alegría y su bombo. Vivía los partidos de Boca y de la Selección de rodillas, llorando por los goles. El sábado me dijo: 'No pierdas la fe, vamos a salir adelante', y salimos a festejar. Fue a guardar el bombo al auto y al volver a la esquina quedó en medio de una pelea ajena y recibió el proyectil".

La movilización culminó en la esquina de Libertad y 25 de Mayo, el punto exacto donde Franco cayó herido a unos metros. Allí, frente a la réplica de la Pirámide de Mayo, su madre, Elvira Díaz, de 69 años, se plantó con una entereza que conmovió a los presentes. Sosteniendo la bandera argentina, dejó un clavel blanco sobre el friso del monumento y leyó una carta de despedida dedicada a su hijo: "El payaso triste se fue en silencio, dejando detrás de sí mucho más que risas; dejó lecciones de amor. Nos enseñó que con el corazón herido se puede regalar una sonrisa. Hoy su función ha terminado, se marcha dejando una huella imborrable. No hay que llorarlo por haberse ido, sino recordarlo como vivió, convirtiendo el dolor en esperanza. Que el cielo sea tu gran escenario".

A su lado, la única hija de Franco, de 19 años, contenía las lágrimas. Un vecino rompió el silencio con un ruego que se transformó en exigencia generalizada: "¡Condena firme!". La promesa de la familia quedó flotando en el aire de la tarde de Cañuelas: volverán a la plaza con el redoblante y el bombo de Franco. Porque, como él mismo repitió antes de la tragedia, la consigna sigue siendo no perder la fe.


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