
Un Tesla en Cañuelas: asombro tecnológico con la fragilidad de siempre
Leandro Barni
La primera vez que alguien vio ese bicho plateado doblar por el asfalto cansado de Cañuelas, pensó que era un decorado. Una utilería escapada de una película donde el futuro llega antes que el colectivo. No hacía ruido, no tiraba humo, no tenía ese temblor de motor que acompaña a la ruta como un mantra. Era otra cosa. Un objeto de otro tiempo estacionado frente a una panadería donde todavía se fía.
El vehículo —un Tesla Cybertruck— parecía no pertenecer. Ni al paisaje, ni al ritmo, ni a la lógica. Una pick up eléctrica, angular, casi geométrica, como si alguien hubiese dibujado un auto con regla y decisión. En Argentina hay pocas. En la provincia, menos. En Cañuelas, esa tarde del viernes 3, una sola.
Adentro iba Barby Franco, que no es actriz pero vive escenas, y no es periodista pero genera noticias. La acompañaban su hija, la niñera y una perra. Un combo doméstico, casi tierno, circulando dentro de una cápsula tecnológica valuada en cientos de miles de dólares. Un regalo de su pareja, Fernando Burlando, abogado mediático, figura recurrente de los sets donde se discuten culpas ajenas.
La historia venía bien: Navidad, sorpresa, redes sociales, un niño que cumplía el sueño de subirse a ese auto imposible. El futuro, por una vez, era amable. Hasta que apareció lo de siempre.
La Ruta 3
Ese hilo de asfalto donde las estadísticas no alcanzan y las historias se repiten. Kilómetro 71. Dos manos bien marcadas, tránsito relativamente ordenado, velocidad reglamentaria. Y entonces, el error humano. O la negligencia. O algo peor.
Un camioncito naranja que se cruza.
No debería. Pero lo hace.
“Fueron segundos”, diría después Barby, en ese tono entre incredulidad y bronca que se usa cuando el cuerpo todavía no termina de entender lo que pasó. Frenó una vez. Dudó. Volvió a frenar. Y ahí se arma la escena clásica: el auto de atrás no llega. Impacto. Choque en cadena. Nadie vuela por los aires, nadie queda atrapado, nadie muere. Pero todo podría haber sido distinto.

El dato que rompe el relato tradicional aparece después, cuando el susto ya se volvió contenido para redes: el auto grabó todo.
Cámaras internas, externas, laterales. Un ojo omnipresente. Si algo pasa, el vehículo actúa. “Si ve algo raro, llama al 911”, explicó ella. Como si el auto no fuera solo un medio de transporte sino un testigo. O un denunciante.
Y entonces la escena se reescribe: no solo hubo un imprudente en contramano, también hubo evidencia. El conductor —según relató— habría abandonado el vehículo y seguido viaje, como si la ruta fuera un tablero donde las piezas se pueden retirar sin consecuencias.
Pero el Tesla vio.
Y guardó.
Y registró.
La tecnología, esa que en Cañuelas todavía parece un visitante, jugó a favor. “Literal nos salvó la vida”, dijo. Quizás exagera. O quizás no.
Porque en esa ruta donde tantas veces la historia termina mal, esta vez el relato se corta antes del desastre. La hija no se entera. No hay trauma. Solo el eco de una frenada y la certeza incómoda de que todo depende de segundos.
El Tesla volvió a ser lo que era: una rareza, un objeto de deseo, una anécdota que se cuenta. Pero ya no es solo el auto futurista que sorprendió en la llanura. Ahora también es el auto que estuvo ahí cuando la vieja Argentina —la de la imprudencia al volante— volvió a aparecer.
Y esta vez, por poco, no ganó.


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