Setenta años a paso firme: reabrió La Mundial, el histórico templo del calzado
En Cañuelas quedan muy pocos comercios capaces de superar la barrera del medio siglo. Uno de ellos, silencioso y resistente, es la Zapatería La Mundial, ubicada en Del Carmen 632. Cualquier transeúnte que advierta su fachada austera, y líneas cuadradas, difícilmente imagine que, detrás de esa vidriera donde se exhiben alpargatas, mocasines y calzado económico, descansa una historia de siete décadas de trabajo abnegado. Una genealogía marcada por la migración, la cultura del ahorro y la persistencia.
El mito de origen arrancó en altamar. Gregorio Annunziato Garaffa, el calzolaio (zapatero) de Laureana di Borrello, en la Calabria profunda, viajaba en el vapor Tucumán rumbo a Buenos Aires en octubre de 1950. En plena travesía desde Génova, desenfundó el martillo de su maleta para auxiliar al capitán ante la emergencia de un taco desfondado. Había dejado atrás a su esposa, María Annunziata Fiumara, y a sus cinco hijos en Serrata, huyendo de las privaciones y el cuero rústico teñido con hollín de la posguerra europea.
Al llegar a Cañuelas, cobijado por su cuñado, el constructor Francisco Fiumara, Gregorio trabajó en la célebre Casa Roma. Al año montó su propio taller en un garaje alquilado en Lara 950. Sin embargo, para los Garaffa la fecha fundacional no es la llegada del patriarca, sino el 1 de enero de 1953. Un día antes, el 31 de diciembre de 1952, desembarcó el resto de la familia.
Tras festejar el Año Nuevo en la Capital Federal, viajaron de madrugada hacia Cañuelas: las mujeres en auto; los varones, en el tren de las 3 de la mañana. Aquel mismo 1 de enero, con el padre descompuesto por los festejos, los hermanos mayores, Mingo y Salvador, tomaron las herramientas en el taller para no perder tiempo. Había que juntar dinero urgente para saldar el préstamo de dieciséis millones de pesos que les había permitido pagar los pasajes del barco.
Con el paso de los años, los hermanos Mingo, Salvador y Blas tomaron las riendas del oficio. En los inicios de la década del 60, tras reunir ahorros, sufrieron para afianzarse en el local definitivo de Del Carmen 632: compraron la propiedad con inquilinos adentro y atravesaron tres años de juicio de desalojo. Recién en 1963 abrieron formalmente el comercio con la impronta actual. Siguiendo la visión de su madre, pasaron de la compostura a la venta de calzado industrializado.
El nombre definitivo surgió casi por accidente. En los primeros tiempos, el negocio se llamaba Zapatería Italia, hasta que un cliente, al retirar un trabajo de media suela y taco, le dijo a Mingo: "Tano, ¡vos sos mundial! Sos un capo arreglando zapatos". Aquel halago espontáneo rebautizó para siempre la esquina.
El período de mayor esplendor comercial llegó entre los años 70 y 80, cuando las zapatillas de lona con suela de PVC irrumpieron de forma masiva. La Mundial y las zapatillas Flecha se convirtieron en un binomio indisociable para el pueblo. Luego se sumaron las icónicas Pampero, Topper, Sacachispas, las tradicionales Alpargatas y los modelos de cuero con tiras laterales como las Súper Bochín.
La estabilidad del negocio se mantuvo inalterable hasta la llegada del coronavirus. Las restricciones sanitarias ralentizaron la atención. La muerte de Mingo en diciembre de 2021, seguida por el fallecimiento de Salvador en 2023 y los achaques de salud de Blas (ya con 83 años), obligaron a bajar las persianas de forma momentánea.
Sin embargo, el legado no se interrumpió. Gabriel Garaffa, hijo de Salvador y tercera generación del clan, decidió reabrir el local. Él se crió entre cajas de zapatos, acomodándolas desde los 5 años y parándose detrás del mostrador a los 10. Tras años de trámites y reorganización, el 26 de septiembre las puertas de La Mundial se volvieron a abrir para recibir a los vecinos en un horario inicial de 9 a 13:30, sumando las tardes los sábados.
Para Gabriel, mantener la zapatería no es solo una decisión comercial, sino un acto de filiación. En las estanterías de la trastienda guarda las valijas de cartón con las que sus padres cruzaron el Atlántico y las viejas tarjetas de migraciones. Reabrir es la manera de honrar a aquellos zapateros calabreses que le enseñaron al pueblo el valor del trabajo diario.