Los 25 años de El Cultivo: la gesta de una pareja porteña que transformó un living sin vidrios en la meca teatral de Cañuelas
Se conocieron en los años noventa en la parroquia de Lugano. Ella, de ese mismo barrio porteño, venía de una familia católica y tenía la música pegada al cuerpo desde los ocho años. Él, de Flores, traía encima el recorrido del teatro independiente de los ochenta y el barro del trabajo social en las villas. El cruce fue dar clase. Virginia La lacona se enamoró mientras Mariano Aufranc enseñaba expresión corporal. No imaginaban entonces que la semilla de todo lo que construirían juntos terminaría germinando a decenas de kilómetros, en una casa de campo a medio hacer a metros de la calle Uruguay, en el barrio Racitti.
La propiedad pertenecía a una tía de Virginia y era el refugio de sus veranos y cuaresmas de infancia, un lugar donde el ritual familiar incluía caminatas al centro para comer helado. Cuando el tío de la familia falleció, la propiedad se alquiló por un tiempo hasta que la pareja tomó la decisión: mudarse a Cañuelas a armar una vida, aun sin ofertas de trabajo concretas, con la sola meta de comprarle la finca a la tía y convertirla en un espacio propio en De los Inmigrante 1023.
Llegaron el 8 de mayo del 2000. La construcción no tenía ni los vidrios puestos. Con una hija recién nacida en brazos, abrieron la entrada por la calle 9 de Julio y adaptaron el living para que funcionara como aula. Para armar las primeras tribunas y gradas del teatro chico que montaron adentro de ese living, fueron a buscar bancos a las sedes de los bomberos y del club de pesca local.
En septiembre de 2001 organizaron la primera muestra de alumnos. El folleto inaugural fijaba la idea fundacional de lo que estaban creando: "un espacio dedicado a la producción y enseñanza de la música y el teatro".
Los comienzos exigieron insistencia. Para convocar público, salían a volantear al centro, pegaban afiches en los comercios —que muchas veces algunos sacaban a las pocas horas— o publicaban pequeños avisos en el semanario El Ciudadano, encajados entre las participaciones fúnebres. La respuesta inicial del pueblo combinaba la curiosidad con la desconfianza: pocos creían en la sustentabilidad de un proyecto cultural independiente en Cañuelas.
El crecimiento del espacio se dio por etapas. En 2005 comenzaron la obra de la estructura escénica principal. Ese mismo año estrenaron La Cruzada, la pieza teatral con la que Mariano cosechó la mayor cantidad de reconocimientos y premios. Mientras Virginia permanecía en el lugar día y noche al frente de la docencia, Mariano recorría la región para difundir las producciones.
Con los años, El Cultivo albergó presentaciones de referentes de la trova cubana, jazz, noches de tango con la voz de la propia Virginia acompañada por guitarristas, y la formación inicial de actores, actrices y dramaturgos de la zona. A la par del escenario, la docencia estructuró el sostén del proyecto. Virginia, licenciada en Trabajo Social por la UBA y docente escolar dedicada a la formación de alumnos y educadores, impulsó las clases de música hasta consolidar una escuela que hoy cuenta con ocho profesores y el paso semanal de un centenar de familias.
En su faceta dramatúrgica, el centro se volcó a investigar la memoria y la identidad bonaerense. Obras de creación colectiva como Hijo de fuego —basada en la Tragedia de Cañuelas— y ¿Cómo ha dormido, general? llevaron a las tablas episodios y figuras fundamentales de la historia local. Esta última producción logró trascender las fronteras del distrito y realizar funciones en la calle Corrientes de la Ciudad de Buenos Aires.
A un cuarto de siglo del inicio de las obras en la casa sin vidrios, los tres hijos de la pareja ya son cañuelenses, con edades que van de los 16 a los veinteañeros. La dinámica cotidiana mantiene vigentes los motores del comienzo: la pedagogía artística como marca de identidad y el desafío constante de convocar al público a través del rito teatral.