Barbero solidario: trabaja en un molino pero en sus días libres corta el pelo gratis a los chicos

En San Esteban, Miguel Sevillano es un ejemplo: trabaja en Molino Cañuelas pero en sus horas libres se dedica a ser peluquero. Ahora, junto a una iglesia y otros barberos, convoca este viernes a una jornada masiva en el barrio La Unión para atender a cien chicos.

Miguel Sevillano, en plena faena: la máquina zumba, el espejo devuelve una sonrisa y el corte termina donde empieza la autoestima

Hay oficios que se eligen. Y hay otros que te eligen a vos, como un murmullo insistente que no te deja en paz. A Miguel Sevillano le pasó algo así, pero no en una barbería de moda sino en una plaza, mirando una fila de chicos que esperaban un corte como quien espera un turno para sentirse mejor.

Tenía 30 y pico, una máquina humilde y apenas un mes de curso encima. No terminó la formación. Terminó, en cambio, de entender algo más urgente: que en barrios como el suyo, un corte de pelo puede ser la diferencia entre pasar desapercibido o animarse a levantar la cabeza. “Parece poco —dirá después—, pero para un chico es mucho”.

Desde entonces, cada franco es una cita con tijeras, peine y paciencia. Sevillano trabaja en el Molino Cañuelas, tiene dos hijos, esposa y una rutina que no incluye glamour. Incluye, sí, decisiones. Como la de abrir su casa para cortar gratis a pibes de la zona. Diez, quince, a veces más. Siempre los que aparezcan. Siempre los que no pueden pagar los 14 mil pesos que hoy cuesta un corte. “Para una familia con dos o tres chicos, es imposible”, dice. Y en esa imposibilidad arma su agenda.

Los primeros cortes no salían bien. Había errores, desprolijidades , dudas, ganas de largar todo. Pero insistió. Porque la fila seguía ahí, invisible pero constante. Y un día —no sabe bien cuál— empezaron a salir. “Gracias a Dios”, agrega, como quien no quiere apropiarse del mérito.

En la iglesia evangélica, entre mates, se arma la logística de una jornada que mezcla servicio, comunidad y fe.

La fe no es un detalle en esta historia: es la columna vertebral. Sevillano habla de un 95% de incidencia de la iglesia en su impulso. En Dando Vida primero, y hoy en Remanente Santo, encontró algo más que comunidad: encontró dirección. “No vamos a la iglesia a buscar clientes —aclara—, vamos a ayudar”. Después, si alguien quiere acercarse, será por otra razón.

La historia pudo haberse frenado por una máquina. Literal. La suya empezó a fallar: se desafilaba, se trababa, no rendía. Hubo una carta, una entrevista en el municipio local, fotos de chicos como argumento. Y una negativa. “Se fijaron en que tengo recibo de sueldo”, cuenta, todavía con un resto de bronca. Estuvo a punto de dejar por no poder cambiar la herramienta. No dejó. Con el aguinaldo compró una máquina mejor y siguió. A veces, la épica es eso: no soltar cuando sería razonable hacerlo.

Barberos con propósito

Ahora el plan crece y se organiza con nombre propio: “barberos con propósito. Para bendecir vidas”. La consigna resume la convocatoria que Sevillano lanzó para multiplicar manos y máquinas en una jornada de “fe, servicio y amor”. Será el viernes 27, de 10 a 18 hs, en la Sociedad de Fomento La Unión, ubicada en la esquina de Santa Cruz y Berrueta, en el barrio La Unión. El objetivo es ambicioso y concreto: atender gratis a decenas de chicos de distintas categorías del fútbol barrial.

No irá solo. A su cuñado y a los barberos de la iglesia se suman quienes respondan a la convocatoria abierta. “Somos cinco o seis, pero ojalá seamos más”, dice. Porque cien chicos no son una cifra: son una jornada completa, un ritmo sin pausas, una coreografía de capas, peines y máquinas.

Con sus máquinas de cortar en mano: herramientas simples para un gesto que, en cada pasada, devuelve dignidad y confianza.

Para colaborar —ya sea como voluntario o acercando a un chico que necesite el corte— habilitó un contacto directo: (2226) 50-83000 y su cuenta de Instagram (miguelsevillano.barber), donde empezó a mostrar lo que antes hacía en silencio.

En el camino, Sevillano no se olvida de agradecer. Nombra a la familia Tito como un punto de apoyo decisivo, de esos que no salen en la foto pero sostienen la escena. Tampoco se olvida de incomodar: “Si podés pagarle el corte a tu hijo, gloria a Dios. Pero pensá en el que no puede”. No es un sermón. Es una invitación.

Mientras tanto, en alguna casa de San Esteban, una máquina vuelve a encenderse en horario de franco. Afuera no hay marquesina ni turnero digital. Hay algo más básico: un chico que entra despeinado y sale distinto. No solo por el corte. Por la sensación —difícil de medir, fácil de reconocer— de que alguien se tomó el tiempo. Y eso, en estos tiempos, ya es bastante.

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