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title: "Travesía a puro pulmón: el vecino cañuelense que tocó el cielo con las manos en el Everest"
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description: "De los días entre herramientas en una estancia a pedalear de noche por la autopista. A los 35 años y con sólo un año de experiencia en trekking, Martín Pérez cumplió el sueño de pisar el campamento base de la montaña más alta del mundo."
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date_published: "2026-10-24T08:30:00-03:00"
date_modified: "2026-10-22T18:40:56-03:00"
tags:
  - "aventura"
  - "Everest"
  - "Máximo Paz"
  - "Nepal"
  - "trekking"
author_name: "Leandro Barni"
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category_name: "Historias Mínimas"
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# Travesía a puro pulmón: el vecino cañuelense que tocó el cielo con las manos en el Everest

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*El grupo celebra la llegada al campamento base del Everest, a 5364 metros de altura, bajo una intensa nevada y junto a la icónica roca que marca el hito de la travesía, con un Martín feliz con el puño levantado.*

A simple vista, el día a día de Martín Pérez transcurre en la escala serena y trabajadora de Máximo Paz. Con 35 años, soltero, sin hijos y afirmado en el barrio Villa Hunter —pegado al Matadero—, su rutina habitual se reparte entre los tractores, las maquinarias y el mantenimiento del sector del golf en una estancia de nuestro distrito. Sin embargo, detrás de esa cotidianeidad humilde se escondía una meta que para muchos sonaba a locura inaccesible: llegar a los pies de la montaña más alta del planeta.

Sin sponsors, sin presupuestos abultados ni la espalda financiera de los deportistas de élite, Martín armó su odisea a la criolla. Todo fue a pulmón, juntando peso por peso a fuerza de laburo y changas. Su historia en el senderismo era incipiente: apenas un año atrás había empezado a descubrir las sierras cordobesas gracias a la amistad con una pareja de guías de La Cumbrecita y Champaquí. Cuando en marzo le volvieron a proponer el viaje a Nepal que el año anterior no había podido costear, decidió que no había más tiempo que perder.

La preparación previa fue una demostración de disciplina de barrio. Para acostumbrar las piernas y la resistencia cardiovascular, Martín usaba la bicicleta como vehículo y entrenamiento diario: iba pedaleando al trabajo en la estancia, completaba la jornada laboral entre maquinarias y, al salir, encaraba la ruta hacia un gimnasio en Spegazzini. Los domingos a la mañana las rutinas sumaban kilómetros por la autopista Cañuelas, los bosques de Ezeiza y repechos en los puentes peatonales que subía y bajaba a pie una y otra vez ante la mirada desorientada de los vecinos. A eso le sumó semanas de hidratación estricta y una dieta reforzada en hierro para preparar la sangre.

El tramo administrativo tampoco resultó fácil. Sacó los pasajes de avión seis meses antes de la fecha sin tener las vacaciones autorizadas en el trabajo. En el medio, las noticias internacionales hablaban de tensiones bélicas que amenazaban las escalas en Dubái y de temporales destructivos en Asia que sumaban incertidumbre. Recién a menos de una semana de despegar le aprobaron los días que su madre le había guardado con paciencia. El 11 de septiembre a las 11 de la noche, finalmente se subió al avión con una consigna fija en la cabeza: ir, llegar al campamento base y regresar a salvo.

## **El choque cultural y la caminata hacia las alturas**

El impacto inicial al pisar Katmandú tras escalar escalas por Río de Janeiro y Dubái fue imborrable. Con nueve horas de diferencia respecto a la Argentina, el grupo —reducido a tres integrantes tras la baja de cuatro compañeras— se encontró con un laberinto urbano desbordado de motos, templos, callejuelas angostas y un bocinazo omnipresente. Pero la primera lección nepalí no tardó en llegar: a pesar del desorden aparente, en la capital no había insultos, choques ni discusiones de tránsito.

Por cuestiones meteorológicas, el traslado hacia la zona de montaña debió desviarse en helicóptero hacia Surkey, una pequeña aldea ubicada por debajo de Lukla. Allí los esperaban Sunil y Man, los dos porteadores locales que pasaron a ser pilares indispensables de la expedición. Con ellos arrancó la caminata de diez días: una travesía progresiva donde la salud se medía noche a noche con controles estrictos de saturación de oxígeno, presión arterial y síntomas de mal de altura.

Los primeros días exigieron adaptar el cuerpo al ritmo de la montaña. Caminaron entre ríos embravecidos como el Dudh Koshi, atravesaron puentes colgantes decorados con ruedas de oración y banderas tibetanas, y subieron desniveles pronunciados que pusieron a prueba las articulaciones. Entre la niebla y la llovizna constante, la ruta dejó ver estampas imborrables: el cruce por la aldea de Tengboche con su majestuoso templo, las estepas milenarias de Pangboche y la imagen de los yaks abriéndose paso por los senderos junto a los porteadores, hombres capaces de cargar sobre sus espaldas desde vigas de acero y garrafas hasta lavarropas e infraestructura para que los montañistas dispusieran de confort a más de 4000 metros de altitud.

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*El inicio del camino en la Puerta Pasang Lhamu, junto a la guía cordobesa Rosana, su compañero Alejandro y los porteadores local Sunil y Man, piezas fundamentales para encarar la travesía por los senderos del Himalaya.*

## **"Messi", la tarjeta de presentación en los refugios**

La barrera idiomática se disolvió desde la primera jornada. Ni el nepalí ni las limitaciones con el inglés impidieron que la comunicación fluyera mediante miradas, gestos y un vocabulario anotado en cuadernos de viaje. Sin embargo, la llave maestra para abrir el corazón de los pobladores locales fue una palabra mágica de siete letras.

"Decir que éramos de Argentina era como mostrar una tarjeta dorada. Decías 'Argentina' y automáticamente te respondían sonriendo: '¡Messi, Messi!'. Pasaba en los aeropuertos internacionales, en los controles más estrictos y en el último refugio antes de la base, donde no había electricidad, señal ni televisión. Nombrabas a Messi y los nenes y los adultos se ponían contentos y gritaban", recuerda el maximopaceño. En cada posta y en cada puente icónico del camino, el grupo dejó un pedazo de su tierra: pequeñas banderas argentinas de 20 por 40 centímetros, firmadas con fecha y nombres, amarradas junto a los pañuelos sagrados nepalíes.

## **La recompensa en el techo del mundo**

El tramo decisivo se vivió con emociones a flor de piel. Ante la amenaza de un frente de tormenta inminente que obligaba a recortar tiempos para no quedar aislados, el grupo decidió priorizar el objetivo principal y dirigirse directo desde Lobuche hacia Gorak Shep, a 5164 metros sobre el nivel del mar, sacrificando el ascenso al pico Kalapatar.

Ese séptimo día, tras dejar el equipo pesado en el refugio, encararon las últimas tres horas de marcha hacia el Campamento Base del Everest (EBC), a 5364 metros. Llegaron bajo una nevada tupida. Entre el cansancio acumulado, el aire enrarecido de la altura y los abrazos contenidos entre lágrimas y nudos en la garganta, la meta estaba cumplida. Pisaron el campo base, registraron la proeza en imágenes y permanecieron casi una hora antes de iniciar el descenso para evitar el enfriamiento.

Fue en la bajada donde la naturaleza regaló el fotograma perfecto. A menos de una hora de marcha, la tormenta cedió, el cielo se abrió por completo y el majestuoso pico Lhotse, el glaciar del Khumbu y la cumbre del Everest asomaron entre las nubes. En medio de ese silencio imponente, el grupo se sentó a la vera del sendero a preparar y compartir unos mates con el paisaje descubierto de fondo.

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*Un mate a metros del cielo. Tras alcanzar la meta y durante el descenso, el cielo se abrió para regalar una postal única con las cumbres nevadas de fondo.*

## **Volver a casa con la cabeza cambiada**

El regreso exigió tres días de caminata bajo tormentas ininterrumpidas que terminaron provocando derrumbes en las rutas de montaña e interrumpiendo el paso de nuevos ascensos. Tras una emotiva despedida en el aeropuerto de Lukla con Sunil y Man —quienes les regalaron pañuelos tradicionales como símbolo de eterna amistad—, la avioneta los devolvió a Katmandú y, de allí, comenzó el largo retorno a la Argentina.

Con cuatro kilos y medio menos en el cuerpo y el entrenamiento grabado en las piernas, Martín ya está de nuevo en el barrio Villa Hunter, continuando con la construcción de su casa propia a cinco cuadras de la estancia donde trabaja. Pero la mirada sobre la vida, asegura, cambió para siempre. Hoy los sobrinos pequeños del pueblo cuentan en las aulas que su tío viajó al otro lado del planeta, demostrando que no hacen falta fortunas para concretar metas que parecen fuera de alcance.

"Cuando estás allá te das cuenta de lo capaces que somos de dar un poco más. La cabeza juega más del cincuenta por ciento. Volví con la certeza de que no hay imposibles si uno se lo propone y le mete esfuerzo. Hoy la mente está abierta a nuevos proyectos, agradecido por la salud y por haber vivido una película inolvidable", sintetiza, mientras acomoda las herramientas para encarar una nueva jornada de trabajo en el suelo bonaerense.

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